Isadora Duncan basa su necesidad de liberación y la expresión de sus sentimientos en el rescate de la importancia de los elementos naturales, y la naturaleza es su gran fuente de inspiración. Existe para ella un concepto universal de la danza, que pertenece a la parte más natural y atemporal del ser humano.
El ser humano es parte del Universo, y como tal debe estar conectado con él. Para ello debe buscar en su entorno, para encontrarse a sí mismo como parte integrante del mundo natural. Por ello, el hombre lleva, según Isadora, el movimiento ondulante y armónico propio del mecerse de las hojas, del transcurrir del agua de los ríos y las nubes llevadas por el viento, dentro de sí: el ser humano es una manifestación más de la creación. Los movimientos están en toda la creación y sólo esperan a ser descubiertos.
Duncan se sumerge en la búsqueda y redescubrimiento del movimiento primario, el del hombre como parte del mundo en el que vive, el cual representa una cadena sin fin; la naturaleza como ritmo cósmico, que cada uno lleva en sí y es capaz de encontrar y expresar a través del baile. La danza no es sino reflejo de este movimiento continuo, el flujo del baile es el flujo natural y el de la propia vida, es el tránsito infinito de un movimiento a otro.
Connatural es la danza al hombre y natural, limpio y bello es el cuerpo que baila el movimiento. Isadora recupera el valor de la belleza de las formas naturales del cuerpo humano. El cuerpo debe quedar liberado de líneas artificiales para mostrar sus auténticas formas tal cual son. Por eso baila con una suave túnica y descalza. El desnudo tiene un cariz altamente espiritual para Duncan, pues simboliza el desprendimiento de la materia y de las impurezas, la liberación de la esencia.
El hecho de que Isadora se quitase las zapatillas para bailar, supuso una revolución en su tiempo. La negación de las zapatillas por ser estas un aprisionamiento artificial de la forma natural, supuso una rebelión contra la danza clásica. Dijo Isadora a modo de metáfora, “No se toca el piano con guantes”.
Descalzarse iba en contra de los patrones establecidos hasta entonces en la danza occidental. Pero además, es una reivindicación abierta de la sensualidad. Isadora siempre defendió el placer proveniente del propio cuerpo:

“El divino cuerpo pagano, los labios apasionados, los brazos abandonados,
el suave sueño refrescante sobre los hombros del ser amado:
todos estos placeres me parecían deliciosos e inocentes.
Habrá quien se escandalice.
Pero no sé por qué,
si tenemos un cuerpo que nos proporciona cierta suma de dolores (…)
yo no sé por qué cuando la ocasión se presenta no vamos a extraer
de este mismo cuerpo un máximo de placer.”

Este es el placer natural. Conecta al ser humano directamente con su cuerpo, le hace asumir lo bueno de sí mismo, también lo bello y gustoso de la parte física. Reconocernos como seres sensuales es una forma de consciencia, es la satisfacción que uno siente en sí mismo, de ser como es y disfrutarlo, no la de seducir o pretender controlar a otro. Tiene que ver con la armonía, con lo externo y el contacto del ser humano con su propia esencia, es respeto a nuestro propio cuerpo, al autoconocimiento, a la naturaleza humana y a la de todas las cosas. Este es el placer que defendía Isadora.
El hecho de bailar con una suave túnica renunciando a corsés, mallas y tejidos que oprimen el cuerpo, abogaba por la belleza del cuerpo humano, por la liberación de la sensualidad. La revolución de la estética liberadora de Isadora se refería a los pies. Duncan está a favor de la utilización de las curvas femeninas en la puesta en escena, y esto tiene que ver con la naturaleza y con la propia revalorización de ser mujer. Es uno de los motivos para discrepar de la técnica clásica, que a su entender deformaba los cuerpos femeninos.
La defensa de la fisonomía de la mujer por parte de Isadora sucede en un momento en el que la mujer luchaba en la sociedad de principios de siglo por sus derechos, sin tener por ello que renunciar a las diferencias propias que la feminidad conlleva. En esta época se empiezan a considerar como beneficiosos el ejercicio de la gimnasia y la práctica de la danza por parte de las mujeres.
Al vincular el movimiento a la expresión, según ella, se puede y se debe bailar lo que estimule al bailarín. Isadora prefería bailar música que no hubiese sido expresamente escrita para ser bailada. La música compuesta para danza podría significar una especie de preparación condicionante del artista, porque se puede caer la creación de la música en función del paso. Ella quería vivir y expresar lo que la música le demandaba producir. El arte y su expresión natural es lo importante para Duncan, que basaba sus actuaciones en improvisaciones, pero su arte no surgía de un mero instinto espontáneo incontrolable, preparaba todas sus apariciones.  Sin ser números totalmente coreografiados, sabía a dónde quería llegar con ellos, dejando espacio para la expresión del alma a través de la danza.

Fuente: “Fusión. El Universo que danza” de Patricia Passo