Los registros ancestrales presente en la filosofía

Laban revolucionó la historia de la danza, ideas como que “toda acción pude ser un paso de baile” desconcertaban la óptica en vigor y ampliaban la perceptiva de la danza. Bailar es entender profundamente cómo realizar un movimiento con la máxima verdad expresiva, enfatizando la necesidad de comprender la naturaleza cíclica de todas las cosas, entender cómo funciona el universo es la forma de entendernos a nosotros mismos.

Fuente: Danza.es

¡Pensar en la danza! Una tarea difícil para quienes pasamos los días y las noches adentrándonos al máximo en la dinámica y mecánica corporal. El oficio del bailarín difiere bruscamente de los oficios comunes, mientras la mayoría de los trabajadores luchan contra el sedentarismo corporal, los bailarines luchamos contra el sedentarismo mental. Es evidente que ejercitamos nuestro raciocinio y memoria, pero no funcionamos priorizando el pensamiento en el ejercicio de la profesión dancística. Las horas pasan y nosotros buscamos perdernos en nuestro cuerpo, realizando innumerables repeticiones en búsqueda de la forma perfecta.

Esta realidad es tan latente e imperante, que hubo un momento en la historia donde fue preciso que se llevase a cabo una revolución en la danza. Personajes como Loie Fuller, Ruth Saint Denis, Isadora Duncan, o Martha Graham, reclamaban de esta disciplina algo más que virtuosismo de pasos y superaciones técnicas; llevadas por un movimiento universal, cuestionaron su mecanización.

La relación del hombre con la industria fue una temática de debates y críticas sociales, el interrogante era: ¿Nos estamos convirtiendo en máquinas? Lo que alimentó la búsqueda de cambios. Esas bailarinas revindicaban la naturalidad verdadera de la existencia humana, la emoción que corre por la venas cuando somos quienes somos. 

Este proceso de liberación que ocurría en la danza también se daba en otras áreas artísticas, produciéndose una maravillosa retroalimentación. Las artes plásticas se unían a la danza, a la arquitectura, a la literatura…Fue un momento visionario donde la danza recibió el tratamiento holístico que merecía y sembró las semillas en el terreno para que más tarde pudiésemos hablar de una “filosofía en la danza”.

 

Este panorama permitió la llegada de un estudiante de arquitectura que revolucionaria la historia de la danza, Rudolf von Laban. Su particular visión permitió que se contemplase la danza como un instrumento de geometría espacial, y en última instancia de geometría cósmica, así como las constelaciones astrológicas.  Forzosamente esto suponía para el bailarín verse dentro de un entorno, un participante activo de la historia de la humanidad.

 

Laban amplió violentamente nuestra definición de esta disciplina, más allá de  una mecánica de movimientos rebuscados, la danza es el origen de la creación. Este concepto es claramente definido por  la filosofía hinduista que otorga el principio de la creación a un único dios bailarín, Shiva Nataraja, manifestación de la muerte y la transformación que baila sobre el demonio de la ignorancia, Shiva es el responsable de la creación de la vida y poseedor de un principio masculino y uno femenino que se unen en una danza cósmica, la danza de la creación del mundo. La danza, más que una actividad y oficio restricto, es según Laban la manifestación de la forma.

Se dedicó a estudiar a fondo los movimientos de los operarios en las fábricas y observó que cada gesto contenía los elementos necesarios para la danza: el peso, el flujo, y las dinámicas presentes en los movimientos corporales. De esta forma podía otorgar a un movimiento cotidiano cualidades dancísticas, haciéndose necesario ampliar la visión del paso, es decir, analizar sus elementos fundamentales.

Patricia Passo

Foto: Gabriel Cavalcanti

Ideas como que “toda acción pude ser un paso de baile” desconcertaban la óptica en vigor y ampliaban la perceptiva de la danza. Debían entenderse las cualidades de cada gesto para componer obras en bases a la expresividad comunicativa de la acción, este concepto fue y es de vital importancia para el teatro. En el oficio del actor, pensar sobre las cualidades del gesto implica que lo que se pretende decir es imprescindible, un pensamiento refinado sobre el cuerpo que permite que las palabras estén conectadas con el gesto genuino, otorgando verdad e integridad a la actuación.

De esta forma, el bailarín dejo de pensar en “el qué” como inicio del movimiento, y  pasó a pensar en “el cómo”, constatando que la danza está presente en todos los gestos humanos así como en los movimientos de la naturaleza. Bailar es entender profundamente cómo realizar un movimiento con la máxima verdad expresiva, lo que en la filosofía oriental llamamos “estar presente”, y ocurre cuando existe consciencia plena en el momento, para lo cual cuerpo y mente deben estar funcionando en armonía. ¡Una quebrada abrupta de paradigmas!

 

El bailarín pasa a ser el realizador de pasos expresivos, ejecutándolos desde la máxima concentración corporal y mental. ¡Sí! Es importante pensar en el cuerpo para sentirlo en profundidad.

El ejercicio de la danza oriental parte del movimiento interno corporal, se originan desde el centro y circula hacia las extremidades; por eso para la realización correcta de su técnica es necesario un profundo conocimiento de las entrañas corporales, dado que el movimiento principal nace en el vientre y de allí se expande.

 

La consciencia corporal  proporciona claridad en la trayectoria del gesto, el direccionamiento del movimiento pasa por dentro del cuerpo y realiza espirales de ascenso y descenso, reafirmando la naturaleza cíclica de la existencia. Según Laban, “bailar es hacer y deshacer nudos”.

El filósofo explicaba la danza a través del entendimiento de las espirales del movimiento en el cuerpo, enfatizando la necesidad de comprender la naturaleza cíclica de todas las cosas. Entender cómo funciona el universo es la forma de entendernos a nosotros mismos. Esta visión motiva al bailarín a buscar la danza en la vida, y no solo entre las paredes de su práctica cotidiana, colaborando con la teoría del micro y macro cosmos; una vez que el cuerpo es la fábrica de movimientos y moverse se convierte en una necesidad vital, el movimiento individual es un espejo del movimiento colectivo, dado que todo se mueve ininterrumpidamente. Comprender nuestro movimiento corporal es la clave para actuar en nuestro entorno, por lo que es imprescindible dedicar un tiempo a la observación, contemplación, experimentación y análisis del principio motor. Laban contempló el movimiento de la clase obrera en sus actividades laborales, reconociendo estos gestos como preciosidades dancísticas. Además, propuso la danza educativa en las escuelas al considerar esta disciplina como una experiencia cotidiana inherente al ser humano y de gran valor educacional. La danza entendida de esta forma ejerce la función de autoconocimiento, desarrollando la expresividad personal, el sentido de pertenencia y fomentando la sociabilización, tan importantes para el desarrollo de una sociedad más humanizada.

Estos conceptos y valores, rescatados a partir del siglo XX en occidente, son reconocidos por oriente desde tiempos antiguos y se mantienen como pilares de la práctica dancística. La técnica de la danza oriental se ha desarrollado en base a las cualidades y relaciones humanas; además de  su belleza y rigor estético, esta danza desarrolla la consciencia del cuerpo y el ser en su totalidad. Algunos tópicos desarrollados sobre esta práctica enfatizan esta premisa: movimientos concéntricos, aislamiento de las partes corporales, amplio lenguaje gestual, protagonismo del carácter expresivo del movimiento, énfasis en la transición de los pasos, estiramiento del proceso respiratorio y su coordinación con el movimiento, filigranas con las manos, así como la utilización de los músculos del rostro y el cuello. Este preciosismo y detallismo técnico fomenta el estado de concentración y meditación, necesarios para la realización del movimiento.

 

Estos tópicos son algunos ejemplos de cómo la danza puede ser una vía de integración cuerpo-mente-espíritu, en sintonía con su propósito original, su carácter sagrado absolutamente conectado con el cuerpo. En occidente disociamos conceptos como lo sagrado, lo sexual, lo catártico, lo visceral o lo natural. Laban, en cambio, propuso en su día el retorno a la sabia naturaleza. Su amplia visión y su enorme capacidad sintética, sistemática y filosófica, acercaron la danza a su lugar de origen, entendida como una capacidad intrínseca a todos los hombres, una necesidad vital, motor de la existencia y de la sincronicidad cósmica.

 

Se hace necesario aclarar que el hecho de pertenencia del hombre a la naturaleza no invalida el preciosismo técnico, muy por el contrario, nos hacemos complejos a lo largo de nuestra evolución. Las sociedades se volvieron más complicadas en base a un desarrollo tecnológico que, si no estamos muy atentos, nos separa de nuestra esencia. Existe un refinamiento en lo sencillo, para muchos teóricos el gran desafío de nuestra existencia es vivir en armonía con nuestra naturaleza interior, en las grandes metrópolis encontramos una hiperestimulación de ofertas sobre danza.

En una sociedad cada día mas rebuscada tener el cuerpo afinado con la mente es de una sencillez aplastante.

Oriente y Occidente, dos caras de la misma moneda

Laban, con sus ideas y sistematización, posibilitó el estudio y análisis introspectivo del cuerpo, tornando accesible el baile genuino. Oriente, con su tradición oral y sus técnicas ancestrales, conectaron con la esencia de lo humano. Ambos caminos buscan la integración, recordando que en última instancia somos uno con el todo.  La danza ejerce esta función, un vehículo de retorno a nuestra antigua morada, en total sincronicidad con la mente. Provoca, descascara el alma, permite que seas lo que piensas,  que te moldees y te trasformes en tus ideas, uniendo cuerpo y mente como en la danza cósmica, como Shiva y Parvati, como la madre y el niño, como nuestras ideas y nuestras acciones. El baile donde la mente y la consciencia están presentes disuelven la idea de la separación, ya que el practicante experimenta el éxtasis de la unidad, es una experiencia mística del dúo, volver a ser uno, contigo mismo y con el universo.

 

Patricia Passo