Fuente: Revista edanza

La Danza Fusión Oriental consigue traer luz al cuerpo, incorporando la raíz del movimiento desde la sombra hacia nosotros mismos, aportando una sensación de integración y unidad. Despertando nuevamente la sensibilidad y los espacios internos, descascara el cuerpo en la búsqueda del néctar, dando conciencia a la oscuridad.  El movimiento desarrolla una trayectoria desde el centro hasta salir a la luz, ese es el desafío.

 

Comienzo este artículo agradeciendo a Laura Gutman,

psicoterapeuta que inspiró estas líneas

y de quién parafraseo el título.

 

Inmersa en el universo de la maternidad, experimento la oportunidad de entrar en contacto con las profundidades del alma. Este proceso de lactancia y fusión madre-hijo nos pone en contacto con la naturaleza primordial de uno mismo. Y está claro, si somos luz  somos también sombra.

Las sensaciones que invaden mi cuerpo en este momento son muy semejantes a las que tuve al entrar en contacto por primera vez  con la danza del vientre, con la diferencia de que entonces no sabía siquiera cuan visceral es esta técnica a lo largo de los años. Me siento así motivada por la sensación de este primer encuentro que he tenido con esta danza, donde adentré profundamente en la caverna de mi cuerpo. Cada rincón oscuro, cada lugar desértico, cada trillo descarrilado, cada adormecida percepción, eran un desafío, una invitación… y una melancolía. Entrar no ha sido fácil, y por eso tengo un profundo respeto y admiración por cada cuerpo que pasa por mis manos, con el ansia del reencuentro consigo mismo.

En un principio somos atraídas por la danza por cuestiones del ego, dejando de lado las connotaciones peyorativas, ya que es parte fundamental en la construcción de uno mismo. La diferencia es que en nuestro desarrollo individual el ego no es la meta, ésta habla de trascendencia, de integración del uno con la totalidad. Buscamos justificaciones externas para poner algo lúdico en nuestras vidas, ya que en nuestra sociedad es difícil reconocer esto como algo vital y necesario para la salud psicofísica, allí es precisamente donde empieza la dificultad. ¿Debemos justificar una elección como ésta o aceptamos ir en contra de la corriente social? Esto se hace demasiado arduo para muchas.

 

Lo cierto es que ya de por sí la danza es una elección natural. Si nunca fuimos estimuladas a conocernos, mucho menos a hacer una actividad que genere placer al  adentrar en las entrañas internas, encontrándonos con parálisis, rigidez, traumas y miedos .

 

Imagen: Gabriel Cavalcanti

Imagen: Gabriel Cavalcanti

Para cada imagen bella que reflejamos en el espejo existe una fuerza antagónica que permite que el gesto salga a la luz. La verdad que emociona, que nos conecta con el aspecto divino de la danza, está en conocer profundamente el proceso interno que existe para que algo se materialice y salga a la luz. Dar conciencia a la oscuridad es tu trabajo, el resto saldrá brillante y reluciente. Cuánto mayor sea tu búsqueda, así como la capacidad de entrega y aceptación, mayor será la genialidad de tu danza.

Yo suelo decir a mis alumnos: el buen maestro es el que te enseña lo que tú no estás viendo, aquello que existe detrás del movimiento para que la danza ocurra, el movimiento cinestésico, el espacio interno, los trillos y las espirales internas por donde pasa y fluye la energía de la acción. Esto exige del maestro de baile mucha disponibilidad interna para adentrar en su propio cuerpo, encontrar estos caminos que hacen posible el de los demás.

Lo más lindo de todo este proceso es que el cuerpo necesita del conocimiento, el cual no existe sin la experiencia. Y si venimos al mundo para experimentar la consciencia terrenal, ésta es una maravillosa oportunidad para el descubrimiento del Ser, de encarnar (hacerse carne) esta existencia.

El desafío y lo desconocido siempre me atrajeron, una inquietud latente que me hizo escalar montañas internas, saltar acantilados, y bucear en frías aguas interiores. Ahora percibo que el espacio interno es infinito, nos vamos haciendo elásticas por dentro, y ésta es la meta.

Los movimientos corporales pasan por innumerables capas hasta llegar a la epidermis y al espacio externo, así como los caminos internas que recogen el movimiento hasta salir a la luz, ese es el desafío.

Al igual que en nuestro desarrollo psíquico encontramos emociones que nos atrapaban en escondrijos internos, que en la mayoría de los casos se disfrazan permaneciendo subyacente en las emociones opuestas, también tenemos áreas corporales que difícilmente se movilizan. Tras esta aparente parálisis existe un volcán queriendo estallar y realizar su destino natural. Nuestra desconexión con nuestro cuerpo en las sociedades modernas potencializan este cuadro, existen cuerpos que están sombríos casi por completo, apáticos, con movilidad reducida…Estos cuerpos solo se comunican con el sujeto por medio de dolores, es su forma de reclamar atención.

Hay partes corporales de cuerpos sombríos que solo salen a la luz en radiografías. ¡Hasta que punto tan brutal de desconexión hemos llegado que es preciso una máquina para que nos demos cuenta de cómo estamos conformados! Cuando las cosas parecen carecer de sentido, debemos hacer una cuenta atrás para percibir dónde y cómo nos hemos desviado.  Lo interesante de este período histórico que vivimos es que todo está muy accesible, tenemos herramientas de rescate en nuestras propias manos.

Los conocimientos ancestrales transmitidos de uno a uno, gracias a la sabia tradición oral, permitieron que los movimientos genuinos de bailes antiguos, así como su filosofía y propósito,  traspasen las ruinas de las civilizaciones hacia las sociedades actuales. Quién lo desee puede acceder a estas prácticas y experimentar en sus propio cuerpo los efectos saludables de reintegrase, luz, sombra  cuerpo, espíritu. La observación de nuestra morada individual es la clave para desvelar las cuestiones mundanas, somos:

  • Simetría
  • Geometría
  • Armonía
  • Contracciones y extensiones
  • Líquido y sólido

La Danza Fusión Oriental descascara el cuerpo en la búsqueda del néctar. Por ejemplo, cuando hacemos el movimiento de la retroversión pélvica  volcamos nuestra cadera, depositamos el contenido de nuestro vientre en nuestras caderas. Sujetando el periné permitimos que el abdomen se relaje y que encuentre en la espalda  su soporte, de esta forma la luz encuentra la sombra y permite que juntos, canales anteriores y posteriores,  puedan repartir su fuerza en las vértebras de la espalda, relajando así posibles tensiones lumbares.

Imagen: Gabriel Cavalcanti

Imagen: Gabriel Cavalcanti

En la docencia de la danza pude percibir el hiato que tenemos en la búsqueda de consciencia y control de la espalda. En el lenguaje corporal podemos decir que echamos en la espalda aquello que no queremos ver ni de lo que queremos hacernos cargo. Nuestra referencia personal es la parte frontal de nuestro cuerpo, lo que somos capaces de mirar en el espejo. Por ejemplo: Nos reconocemos por nuestro rosto, pero… ¿y nuestras cervicales? Normalmente solo pensamos en ellas cuando nos duele.  En este caso, la técnica de baile permite que las encontremos y aprendamos a mover con graciosidad.

Esta práctica suele ser bastante desafiante. Normalmente la raíz del movimiento en cuestión está en la sombra; integrar esta parte abandonada de nuestro cuerpo hacia nosotros mismos aporta una sensación de integración y unidad, en la mayoría de los caso distanciando los dolores.

Podemos percibir esta actitud en un simple caminar por la calle, lo que demuestra cuán infravalorada está nuestra espalda. Normalmente vemos piernas apáticas, vientres hinchados y espaldas sobrecargadas sin movilidad ni elasticidad, los espacios internos entres las vértebras se van achicando dando la sensación de un montaña de huesos empilados unos sobre otros.

Son muchas las quejas de dolor producidas por la sobrecarga y rigidez, mi trabajo consiste en traer a la luz aquellas partes del cuerpo, despertar nuevamente la sensibilidad y los espacios internos, y finalmente moverse con la gracia y el placer que la danza oriental es maestra en proporcionar.

Nosotras, terapeutas corporales, trabajamos sobre la materialización de los procesos inconscientes en el cuerpo, donde hay estrangulación del movimiento y del flujo vital, donde la emoción se atrapa creando verdaderos fantasmas, nuestro cuerpo abriga nuestra existencia total.

Por ejemplo: La pérdida de conexión con la tierra, el miedo a la desnutrición, o la dificultad de mirar a nuestra cruda realidad social; producen pies desconectados, dedos entrelazados con poca o nula movilidad, o deformaciones óseas y callosidades, estos síntomas  suelen esconder talones poco activos. Normalmente, al trabajar en la abertura y aireamiento de los dedos conquistamos talones más presentes, capaces de formar un cuadrado sobre el suelo, aumentando nuestra capacidad de sustentación.

Cuando aprendemos a dividir el peso del cuerpo sobre los pies, nos sujetamos, nos tornamos sustentables… ¿Cómo vamos a hablar de sustentabilidad en el mundo sin no somos capaces de sujetarnos a nosotros mismo? ¿No seria lógico pensar que el trabajo individual reverbera en el colectivo? Entonces, ¿Por qué no ocuparnos de nuestros pies y observar su propia naturaleza?  Reconocer que detrás de unos dedos bonitos existe un metacarpo activo en formato de media luna, entender y experimentar que existe un puente en mi pie que uno lo masculino y lo femenino, el arco del pie con su bóveda de fuerza ayuda a que encontremos el camino del medio. ¿En qué sociedad vivimos que creemos en la teoría pero no lo ejercitamos?

 

En el camino del despertar de la consciencia corporal y del reconocimiento de la libertad expresiva, ambas cualidades  adquiridas en la práctica del arte de la danza, encontramos partes y formas corporales desconocida, así como emociones anónimas. A lo largo de la docencia he acompañado muchos procesos de despertar, además de vivenciar cada día el mío propio.

Muchas veces queremos comprender, racionalizar y valorar nuestras emociones, aprisionándolas  en el concepto dualista y excluyente de bueno y malo, juzgamos nuestros sentimientos y nos enredamos en un mar de justificaciones, culpabilidad, angustias y miedos; temiendo a la danza y al arte como si fueran monstros de una película de Hitchcock.  En algunas ocasiones estas angustias llegan a ser tan alarmantes que el sujeto cree que la danza es mala, entrar en contacto con nuestros propios monstros llega a ser tan insoportable que el sujeto busca desesperadamente un culpable, y es así como la mirada cae sobre quienes están más cerca,  maestros y  compañeros de baile. Se montan películas melodramáticas, verdadero culebrones que tan solo terminan con el reconocimiento de uno mismo.

La danza y la vida, así como la filosofía oriental, nos enseñan día a día que las emociones son como ríos, viene y van, sin que podamos atraparlas. Cuando nos avergonzamos y no nos permitimos sentir emociones menos nobles, nos quedamos bloqueados y nos identificamos tan por completo en aquella emoción que pasamos a vernos atreves de ella, nos trasformamos en ella. Bailar, girar, vibrar, soltar y fluir es admitir la totalidad de uno mismo, lanzándose a la vida, participando del caos como una etapa que precede a la armonía.

La danza, de una forma sutil y delicada, adentra en espacios antes inaccesibles. Nos perdemos en sus geometrías, en sus formas y su rica estética… nos embriagamos con su belleza, somos llevados por el ritmo y nuestra ancestralidad, por  lo lúdico y placentero que es bailar. Al distraernos, sin darnos cuenta, estamos siendo remodelados. Si tenemos un buen maestro vamos en dirección a tornarnos un ser cada día más armonioso. Seres brillantes que reconocen su oscuridad, reverenciando su sombra hacia el encuentro de la luz.

 Patricia Passo