Una experiencia mística

Fuente: Revista edanza

Eugenio Barba, en su libro “El arte secreto del actor”, habla de un estado de dilatación del cuerpo en vida durante la puesta en escena. Un cuerpo dilato es un cuerpo caliente, pero no en el sentido sentimental o emocional, ya que sentimiento y emoción son apenas una consecuencia, tanto para el actor como para el espectador. El cuerpo dilatado es, por encima de todo, un cuerpo incandescente, las partículas del comportamiento cotidiano fueron excitadas y producen mas energía, pasaran así por un incremento de movimiento; se separan mas, se atraen mas, y se oponen con mas fuerza en un espacio mas amplio o reducido .

En el teatro japonés, para saber si la actuación ha sido exitosa, al salir a escena se le pregunta al bailarín-actor si se encuentra cansado. Parece ser una evidencia que el estado físico de la persona durante el ritual de escenificar pasa por un estado diferenciado, donde se produce un aumento de la intensidad energética del estado del ser. En la danza clásica de India tenemos dos palabras para definir la distinción entre el hombre común y el bailarín-actor:
LOKADHARMI: Comportamiento del hombre común.
NATYADHARMI: Comportamiento del hombre en la danza.

Existe una energía extra cotidiana en el cuerpo del bailarín-actor, parece ser que esto es tan importante y acultural (perteneciente al universo del ser humano) que en distintas culturas usamos una palabra para definir este estado diferenciado de presencia. En España lo llamamos “Duende”, en Japón “Ki-ai”, en Bali “Chikara o “Taxu”, en Bahía (una región de Brasil característica por su enorme influencia africana) “Axé”… Estas palabras, cargadas de simbologías regionales y sabidurías ancestrales, colaboran con la idea de que en el ritual del escenario nos sumergimos en otro estado de consciencia.

Foto: Javier de Cos Lara

Foto: Javier de Cos Lara

Lo interesante de esto es que todos los maestro que intentan definir esta característica del oficio del bailarín-actor hacen referencia a su relación con la fisicalidad, al aumento de la potencia corporal, a la necesidad de investigar y encontrar este estado a partir de la experiencia corporal.

KI-AI significa un profundo acuerdo entre el espíritu y el cuerpo; esta armonía entre la fuerza trascendental y la fisicalidad humana está presente en los distintos relatos que he recibido a lo largo de mi experiencia como directora y coreógrafa. Independientemente de la fe o la creencia religiosa, una fuerza sobrenatural y avasalladora es percibida en el momento de actuar, lo que se vuelve mas latente cuánto mas presente, vigoroso y trabajado está el cuerpo.

El preciosismo técnico colabora para la libertad del alma,
que ansia esos minutos eternos de la escena de plena libertad.

Grotowski, famoso director de teatro polaco, define con maestría la labor del actor: “Es el acto de desnudarse, de liberarse de las mascaras diarias y exteriorizar el yo. Es un acto de revelación, serio y solemne. El actor debe estar preparado para ser absolutamente sincero; es como un escalón, donde para llegar el ápice del organismo del actor la consciencia y el instinto deben estar unidos.”
En el teatro japones Kabuki se suele decir que el actor tiene que tener Koshi, energía correcta para el trabajo; lo interesante de esta colocación es que la traducción de Koshi es cadera. Esta palabra es utilizada para enfatizar la necesidad de trabajar la presencia de la cadera como un centro gravitacional, un polo de oposición entre miembros superiores e inferiores, centro del equilibrio vital y, por ello, su despertar y utilización potencializan nuestra sensación de vitalidad y fuerza corporal.

Foto: Javier de Cos Lara

Foto: Javier de Cos Lara



En mi libro Fusión. El universo que danza, hablo del movimiento del vientre como la madre de todos los movimientos. La ancestralidad, su relevancia, la antropología, la historia y su universalidad me apasionan y apasionarán todos los días de mi vida.
En la técnica desarrollada por la escuela ampliamos la capacidad de sentir profundamente el vientre y nuestra cadera, lo que ya de por si aumenta de forma exponencial nuestra energía vital. Y si a esto le sumamos la experiencia del escenario, ¡entonces ocurre algo mágico! La propuesta escénica causa temores, es provocativa, y a veces aterrorizante, entramos en contacto con miedos internos… ¡Me encanta ver cuan provocadora puede ser la caja negra!
En las clases de interpretación de la Universidad de Artes Escénicas éramos advertidos de una no-linealidad. En el tiempo escénico estamos expuestos, sentimos intensa y profundamente, nuestro tiempo interno es hiper dimensionado. Construir un personaje, darle vida y ponerlo en escena es un proceso dilacerador, 10 minutos parecen una eternidad dada la inmensidad del espacio interno en que nos sumergimos en cada actuación.

Estas experiencias ponen en evidencia la relatividad del tiempo, la locura del universo sensorial y la ilusión provocadora de la coordinación de los hechos. Miles de procesos internos ocurren hasta que nuestro campo de visión percibe el hecho, todo sucede primero en el mundo invisible. El arte de escenificar, investigar, y así profundizar sobre este espacio, convirtiendo en real este mundo imaginario, estas ideas que vagan, estos campos energéticos, estas experiencias místicas. ¡INTENSA! Seria la palabra.

Foto: Javier de Cos Lara

Foto: Javier de Cos Lara

Muy a menudo recibo relatos de mis alumnas sobre la vitalidad encontrada tras el contacto con la danza y el proceso de subir a escena, encuentran una fuerza que hasta entonces les era desconocida, una energía extra cotidiana, como nos alertaría Barba. Esta experiencia suele ser transformadora, la percepción de nosotros mismos y del mundo que nos rodea cambia al vivir un pleno estado de presencia. El agotamiento
interno y externo experimentado en el proceso escénico del bailarín-actor supera todos los niveles conocidos y anteriormente visitados; esta exaltación catártica, a veces no deseada, se convierte en la guindilla de la tarta. El miedo es un gran muro de piedras macizas a superar. Pero una cosa es cierta, no podemos salir ilesos del escenario; o inflamos nuestro ego como un balón de gas con agujeros, o nos permitimos expandir nuestra experiencia de existencia, entrando en contacto con otra dimensión energética. Lo que me parece lógico, necesario y relevante es que en esta vida no nos deberíamos privar de tener esta experiencia, mas allá del oficio del bailarín (esto es una opción, hacer de tu experiencia tu forma de vida) subir al escenario es abrir un gran portal. Descubrir nuevas formas de ser y participar en comunión con un grupo de un ritual… al final de la performace todos habremos cambiado y dilatado por dentro, descubriendo un increíble potencial que desvelará nuestro mundo interior. Se trata de sentirse profundamente para expresarse verdaderamente, sin velos.

Foto: Adelina Royal

Foto: Adelina Royal

Normalmente, en el ritual que precede a nuestra puesta en escena, nos reunimos en circulo y nos conectamos con la alegría. Para los maestro espirituales budistas la alegría es como un bálsamo que permite que nuestro cuerpo se suavice y que podamos pasar por las experiencia de forma ligera, es algo que impregna nuestra consciencia de un perfume delicioso, permitiendo que conectemos con las mejores semillas que tenemos en el campo de nuestra consciencia. ¡La alegría es una magia! Entramos a escena para celebrar, nuestra trasformación, superación, y ruptura con las barreras psicofísicas que estaban impidiendo nuestro crecimiento.

Foto: Ary Amarante y Léo Lamas

Foto: Ary Amarante y Léo Lamas

El cuerpo del bailarín-actor es entrenado para expresarse y plasmar en el universo matices, formas y colores, hasta entonces no percibidos. Hacer arte con nuestro cuerpo es permitir que lo intangible se materialice, entregarse a este viaje es divino. Así, entre dioses y demonios nos equilibramos en la línea tenue de nuestra propia existencia.

Patricia Passo