La androginia de la diosa

Artículo traducido del original: Web oficial de Cleo Pires

Textos extraídos de: Revista eDanza

Estamos fragmentadas como mujeres para encajar en la sociedad, quienes desean convertirse en diosas y quienes abominan el concepto. ¡Nuestra sociedad ha creado una diosa! Ella es virgen, de piel suave, voz dulce, se despierta peinada, sus trazos son finos, su boca carnosa, sus curvas perfectas, su abdomen definido, sus tetas virtuosas y firmes, ¡Jamás tuvo la regla! Ella da a luz vestida de blanco y en silencio, nunca grita. Natural, única, transgresora y verdadera, ésta es la diosa en su idea más primitiva, la creadora de la vida, ¡pura vitalidad!

Patricia Passo

¿Qué significa realmente rescatar la diosa?

Abundan anuncios de empoderamiento femenino y despertar de la diosa interior. Por un lado, las mujeres consideras socialmente “femeninas” sienten una atracción por estas llamadas. Por el otro, mujeres fuertes, con sus vaqueros, independencia y buenos trabajos, sienten repulsa ante estos  anuncios. Está claro que se juzgan unas a las otras por hacerse parte del grupo de las sensibles  “femeninas” o el de las “fuertes masculinas”.

 

En esta confusión mental, si tienes un cierto perfil  no puedes desear sentirte atraída por la  divindad; los colores rosáceos y las imágenes angelicales de las vírgenes aladas inspiran y causan repulsión. La estética social en voga en la cultura predominante es usada en estos anuncios convirtiendo a la diosa en intangible y, aun peor, en un ideal de consumo que sirve a una imagen de la mujer perfectamente adecuada a la sociedad actual.

Existen las que luchan por convertirse en diosas; en la balanza, contra la comida, en las rebajas, en los gimnasios…y aquellas que no pueden pensar en seres comparados con la virgen diosa, abominan todo lo que proviene de esta palabra. Una vez más, nos tenemos que fragmentar para encajar, alejándonos cada vez más de la esencia divina como concepto.

 

En algunos libros de autoayuda se popularizó el tema, algunos autores proponen al lector elegir con quién se identifica. De esta forma elegimos la historia de la diosa con quién más nos vemos representadas, cultivando nuestras supuestas virtudes, pero realmente siendo cada vez más intolerantes hacia las diferencias y la diversidad.

Existen también quienes se obsesionan con un patrón o una imagen y pasan a mimetizarse completamente con ella, hasta el punto de pensar que  ésta debe pasar a la acción, vestirse y posicionarse figurativamente como la imagen de la diosa elegida.

Pero… ¿Qué es la diosa?

¿Por qué transitamos entre el amor y el odio, la obsesión y la repulsa? Y sobre todo, ¿Por qué nos desunimos y separamos por bloques: el de las diosas y el de las brujas? ¿Por qué juzgamos a las que son diferentes como si hubiera una inadecuación a determinados tipos de comportamientos?

¡Nuestra sociedad ha creado una diosa! Ella es virgen, de piel suave, voz dulce, se despierta peinada, sus trazos son finos, su boca carnosa, sus curvas perfectas, su abdomen definido, sus tetas virtuosas y firmes, usa tacones, cruza las piernas, nunca tiene tensión pre menstrual… Ahhh ¡claro, perdón! ¡Jamás tuvo la regla! Ella da a luz vestida de blanco y en silencio, nunca grita.

¿Eres diosa? Entonces no te preocupes, puedes vivir intentando llegar al ideal; o, claro, ser bruja  y entonces no puedes ser guapa ¡Por favor! Eso acabaría con la reputación de las brujas.

En fin, hay quienes  están en el limbo, y quienes se equilibran en una cuerda sin poder caer para un lado ni para el otro, llenas de dudas y miedos… ¡son las raras! ¡Diosa, ayúdenos!

 

¿Quiénes fueron las diosas?

Si buscamos en los orígenes encontramos que las primeras menciones a la diosa fueron relacionadas a las venus (figurillas) encontradas en el paleolítico y neolítico. Muy lejos de sus representaciones actuales, estas estatuillas representaban mujeres voluptuosas, embarazadas, y muchas veces envueltas en símbolos espiralados y adornados de serpientes, cuernos y alas. Medio mujer, medio animal, estas figuras relacionaban a la mujer con fuerzas de la naturaleza, y encontraban allí su belleza.

En su libro “El  Lenguaje de la Diosa” Marija Gimbutas cita diversos tipos de diosa, la diosa en su multi-funcionalidad. Como sería lo natural, hay diosas triángulo o reloj de arena, aquellas que mantienen la vida con sus desconcertantes formas geométricas, hay diosas pez, abeja, serpiente, mariposa… ¡y hasta rana sapo! Correspondientes al neolítico, aparecen imágenes femeninas con cuerpo de rana y cabeza humana, en relieves localizados en paredes y santuario, la imagen es una epifanía de la diosa de la regeneración. La rana sapo es un homólogo del útero regenerador.

¿Os podéis imaginar un cartel en los días actuales: “Rescate de la diosa interior” y un sapo en la portada? Gordo, deforme, voluminoso, asqueroso…el sapo está fuera de combate, lo aceptaríamos solo si en el final de la historia se trasformase en un príncipe rubio de ojos azules… ¡Ahí sí sería merecedor de la diosa! También está la diosa erizo, otra epifanía de la diosa en su función de regeneración, cuerpo de erizo y cabeza humana, la imagen deriva muy probablemente de la forma del útero de un animal.

¿Pero cómo vamos a aceptar estas comparaciones si actualmente ni aceptamos que nuestros vientre se hincha con la regla? Esta naturalidad perteneciente a la génesis misma de la diosa nos parece deforme y es tratada con una anormalidad. La cuestión es clara, separamos nuestro cuerpo de las formas naturales y no contemplamos nuestro volumen corporal, nuestra actividad anatómica incesante que nos aproximaría a los ríos, las cascadas, la luna, los perros…

Queremos rescatar un poder detrás de un símbolo que permanece vivo hasta los días actuales. Como sostiene Joseph Campbell, “La primera función de los mitos y de los rituales siempre ha sido la de alimentar los símbolos que hacen avanzar el espíritu humano en contraposición con  aquellas otras fantasías que tienden a sujetarlo hacia atrás.”. Quizás éste sea el punto más importante de la cuestión. Culturalmente nos hemos distanciado totalmente de símbolos, rituales y mitos, por lo que nuestra visión de estos increíbles mensajeros es mediocre, superficial, ignorante, y propensa a malas interpretaciones y juicios, aprisionándonos a los cánones sociales. cuando el papel del mito siempre ha sido el de liberar.

Esto me recuerda uno de los muchos episodios que he vivido en mis viajes a la India. Estábamos sentadas en el templo en nuestra clase teórica de Odissi (danza clásica india); yo escuchaba atentamente mientras mi maestro contaba anécdotas sobre la vida de Ganesha, un Dios con cuerpo de niño y cabeza de elefante a quien su padre corto la cabeza por celos de su madre, cuando se enteró de que era su hijo corto la cabeza del primer animal que pasaba por la selva, en este caso un elefante, y le puso la cabeza a su hijo salvándole la vida. En las anécdotas Ganesha comía dulces, era muy feliz, le encantaba bailar, y era quien había vuelto a traer la paz en su familia; un dios justo y bondadoso que trae suerte a todos los que se acercan a él.  Después de algunas horas sumergida en aquellas historias del dios elefante, y viendo la mirada de entusiasmo de mi maestro me salió del alma hacer una pregunta que le ha herido el corazón.

  • Guruji, ¿crees que Ganesha realmente existió?

Su mira hacia a mí era de desaprobación y desesperanza… ¿Cómo podía dudar? Él no podía entender como yo podía planteármelo siquiera. Percibí allí mis limitaciones, en mi mundo  adulto no cabía un elefante humano…

Muchos fueron los aprendizajes que la India dejó en mi corazón y mi cuerpo, moldeados por sus músicas, ritmos, movimientos, colores, aromas… aunque puedo decir que el mayor aporte que me ha regalado ha sido mi niñez, lo que llamamos en psicoterapia “cuidar a mi niña interior”. Allí pude percibir cuán aprisionada estaba mi alma y mis sueños, lo lúdico, la imaginación, los símbolos… India me presentó este mundo sin limitaciones, mucho más cercano a mi esencia que la monotonía de nuestras urbes.

India es un lugar donde todos los colores combinan perfectamente, donde el rosa chicle es básico. Sobretodo, donde puedes acercarte a dioses medio humanos y medio animales; llenos de defectos, sin cánones de belleza pre establecidos y rendirle culto a esa imperfección ¿por qué no? si son nuestras peculiaridades las que nos hacen únicos, por eso somos precisamente especiales, ¿por qué entonces nos dejamos llevar por la idea masiva de la diosa ideal?

He tenido mucha resistencia con las colocaciones enaltecedoras del poder femenino en el desarrollo de mi trabajo. Me cuestioné mucho por qué no he querido ser parte de estas mujeres especiales, de esos guetos o sectas donde rescatamos a la diosa… me intrigaba internamente saber por qué no me sentía a gusto con estas colocaciones. La cuestión está en esclarecer a qué nos referimos cuando hablamos de la diosa, se tiende a llevar a cabo interpretaciones individuales y casi siempre pre establecidas socialmente muy lejos de la esencia.

Como estamos tan lejos de la esencia me molestan los reduccionismos y misticismos que solo hablan de la grandiosa realidad y mantienen una segregación separatista y opresora del femenino en la sociedad, y de las mujeres (brujas o diosas) entre ellas mismas. Siempre que me llamaban diosa, me enrojecía la piel y moría de la vergüenza… no quería ser una diosa perfecta, virgen, casta y cándida, sencillamente porque no lo soy, aunque en muchos momentos he creído que podría llegar a interpretar ese papel.

Todo esto se refleja claramente en los cuerpos femeninos que acuden a mis clases. En la docencia pude percibir cómo esta cuestión de la diosa se ve reflejada en los cuerpos, normalmente nuestra noción de ser es frontal, vertical, sin volumen y con pocas curvas. El alumno que desea bailar la danza étnica contemporánea oriental se encuentra con grandes retos, frutos de ese ideal distorsionado de la diosa a nivel corporal:

  • l continuo uso del plié. Bajamos, soltamos las caderas y la pesamos al suelo, ganado volumen y conectándonos con nuestra masas corporal.Alfonso Bueno Gayo
  • Sentimos nuestros muslos flojos como gelatinas, dejamos que este estado catártico nos posea y, de esta forma, la corporeidad robusta y dura se vea amenazada. Así  como las diosas posen adornos, nosotras usamos el exceso para provocar, no al otro, sino a nosotras mismas.
  • Cerramos los ojos y bailamos para nuestro interior, dejando desconcertado el público que esperaba un espectáculo con el foco ininterrumpido hacia el otro. Es el erotismo y el placer de sentir nuestras vísceras sin ataduras. 
  • Visualizamos la vulva bajando al suelo o subiendo al cielo, como los descensos y ascensos de las historias mitológicas de las diosas. De esta forma la vulva gana un espacio entre las piernas, evitando que se cierre  y esconda entre los muslos.
  • Bailamos enseñando nuestros vientres… Ahhh perdonar, ¡si tenemos vientres! y claro, en determinadas épocas del mes está más hinchado…
  • Soltamos nuestro pelo y nos despeinamos si así lo sentimos y deseamos, está permitido también danzar con el pelo sobre la cara y mirar por entre lo mechones si así lo deseamos.
  • Respiramos, suspiramos, nos concentramos en la trayectoria de los movimientos, sin realmente preocuparnos en llegar al final.
  • Queremos ser chicles, por lo que no nos preocupamos por las exageraciones e imperfecciones.
  • Elevamos nuestros pechos, independiente del tamaño que tengan, moviéndolos de un lado al otro y, a veces, haciendo moviendo espasmódicos. Los direccionamos al cielo, no al público, lo cual está mucho más relacionado con la catarsis que con el afán de exhibirlos, mucho menos de lucirlos y enseñarlos.

Así, bailamos para sentirnos  libres. Estas ondas, mareas, tempestades, sequías, fríos y calores representados en los movimientos corporales, son el pulso de nuestra existencia cósmica, somos agua, fuego, mar y tierra. Esta forma pulsátil de movernos, mas relacionada con la naturaleza que con cánones actuales preestablecidos, es  la verdadera diosa.  Natural, única, transgresora y verdadera, ésta es la diosa en su idea más primitiva, la creadora de la vida, ¡pura vitalidad!

Seamos diosas y seamos brujas, sin dejar que nos separen de nuevo. Si somos, fuimos y siempre seremos  lo mismo: diosas, brujas y sobre todo libres.

 

Patricia Passo