Fuente: Revista edanza Num. 46 – Nov./Dic. 2017

Cuando atravieso grandes tempestades y la marea crece imponiendo su majestuosidad… entonces recuerdo a mis ancestros, reverencio la tierra, dejo que las olas que me amedrentan penetren mi cuerpo. Aprendí que puedo ser las mismas olas que me asombran, ondulando mi cuerpo relativizo la vida, mi rigidez se ablanda y puedo bucear sin miedo. Soy agua, moldeable y transformable. Cuanto más profundas son las olas en mi cuerpo más anclada estoy a la tierra. Éste es mi puerto seguro. Ojalá todas las mujeres del mundo descubran el movimiento orgánico de sus cuerpos y sus vientres, y puedan reverenciar a sus ancestros con la danza de la vida.

 

¿Qué significa que me anclan? La maternidad es una experiencia avasalladora, aunque no creo que sea la única. La  sensación de navegar  y surfear  entre grandes olas por la vida es una constante en mi camino; a veces las olas son pequeñas, suaves, delicadas, y hasta tímidas, otras veces la mar es calma, entonces podemos tumbarnos sobre la vida y estar a la deriva… Pero en tiempos como los actuales las mareas son altas, fuertes, turbulentas y resacosas.

Las olas a veces son tan grandes que pasamos por ellas sin saber cómo. Hubo una época de mi vida en que tuve este sueño en repetidas ocasiones. Soñaba que estaba en la mar y que de repente venían muchas olas seguidas, yo buceaba en cada una de ellas sin tener casi tiempo de coger aliento, lo que me alentaba es que siempre conseguía  pasar entre las olas. En  aquellos tiempos vivía en Madrid, entonces atribuía mis repetidos sueños con las mareas a mi constante morriña de la mar. El hecho es que parece que todo el mundo está resacoso. Mi experiencia individual es un grano de arena en el revoltoso océano.

 

Esto me recuerda a una gran amiga astróloga y bruja que conocí en mis estudios universitarios en artes escénicas. Yo era una niña descubriendo el mundo, ella una mujer de mediana edad con una inteligencia, sensibilidad e intuición extraordinaria. Ella decía que los seres que se encarnaron para vivir a principios de siglo eran misionarios, ¡es una especie de ultimátum! ¡Evolucionar o morir! Venían con la misión de transformación y sin muchas oportunidades de estancarse. En aquellos tiempos, envuelta en  mi juventud inmediatista, el  principio de siglo parecía lejísimo, y sus previsiones un tanto dramáticas para mí, brasileña y carioca. Pero no es que no fuese verdad.

A principios del siglo XIX los enormes avances científicos, tecnológicos, y las revoluciones burguesas del siglo XX, así como las cuestiones relacionadas a la liberación de la mujer, fueron hechos que junto con las guerras cambiarían al hombre para siempre.

Ahora, a principios del siglo XXI, nos encontramos con sistemas, creencias y valores fallidos, la conciencia se amplia y ya no hay marcha atrás. ¡Tiempos revueltos! Difíciles, desafiantes y, sin duda, extraordinarios.

Pero romper estructuras sociales es el macro cosmos. En el microcosmos estamos rompiendo padrones corporales y comportamientos mentales, dado que estas capas ya no nos sirven más, y esto es bastante desestructurador si no se tiene un puerto seguro. Entonces… ¿de dónde nos sujetamos?

 

“El mundo como lo hemos creado es un proceso de nuestro pensamiento.

No puede ser cambiado sin cambiar nuestro pensamiento.”

-Albert Einstein-

 

La doctora Christiane Northtrup, ginecóloga y obstetra, presidenta de la asociación americana de medicina holística, en una de sus obras cita la máxima de Norman Cousins “La creencia se convierte en biología”. En sus palabras: “la consciencia crea el cuerpo”, simplemente así.

Foto Ana Torre

Si estamos viviendo un avasallador cambio de consciencia estaremos también pasando por este proceso a nivel corporal, por eso cada día más mujeres acuden a mis clases queriendo saber por qué. El proceso de empoderamiento femenino pasa por el rescate del estado de presencia del cuerpo, saber dónde estamos y para donde estamos yendo, no solo como metas y objetivos  intelectuales, sino entendiendo  mis desniveles de cadera, mi protusión sacral, mis dolores de rodillas o espalda, mi inapetencia sexual, mis hinchazones, mis dolores menstruales, mis cambios de humor, mis  instintos y deseos… en fin, poder finalmente entablar un diálogo sincero entre mi cuerpo y yo. ¡Urge coger las riendas de este cuerpo!

En su obra, doctora Christiane Northtrup explica cómo los patrones mentales sociales heredados y el voga configuran el sistema de salud y sanidad. “nuestra visión del cuerpo femenino, e incluso nuestro sistema médico, también siguen las leyes de orientación masculina (…)” Ella cita la supremacía de los valores de la guerra y la violencia ante el sustento y la paz, como responsables hasta de la relación que el médico entabla con la enfermedad, y en consecuencia con los pacientes. …. la enfermedad es el enemigo  que hay que eliminar…

Como ella misma sostiene, “raros son los médicos occidentales que consideran la  enfermedad un mensajero.” Y finaliza, “Nos han medicalizado el cuerpo desde antes mismo de que naciéramos”. En sus relatos, ella describe las innumerables veces que hace una pregunta a una paciente sobre lo que siente y lo que tiene, y esta responde: “No se doctora, se supone que quien sabe es usted.”

El alejamiento de uno mismo, fruto de las creencias sociales que nos distancian de nuestras emociones, debilitan nuestro poder interior, colocando en duda lo indudable, nuestro conocimiento hacia nosotros mismos, así como nuestra potencia individual.

No somos apenas víctimas del sistema, somos coadyuvantes. Para la doctora Northtrup somos partícipes de un sistema adictivo que  nos está configurando para alejarnos de nosotros mismos:

 

“La finalidad o función de una adicción es poner un amortiguador entre nosotras y nuestra percepción de los sentimientos. Una adición nos sirve para insensibilizarnos, para desentendernos de lo que sabemos y de lo que sentimos “

 

Me provoca una gran incomodidad cuando reconocen a m

i escuela por su trabajo con la consciencia corporal, no es que no sea cierto, ya que nos esforzamos diariamente para que el alumno y las profesoras puedan propiciar una experiencia dancística de profundo conocimiento y reconocimiento de la inteligencia nata del cuerpo. La cuestión es que me pregunto ¿porque esta es una especificidad de mi labor? ¿No debería ser esta la forma de actuar y de funcionar  del cuerpo? Si mis clases son impartidas con consciencia corporal ¿cómo son las otras? ¿Inconscientes? Buscamos toda la vida la inteligencia y destreza de la mente, pero ¿y el cuerpo? ¿Da igual si vive en un constante estado de inconsciencia? para la doctora Christiane este es el gran problema de la salud y del sistema sanitario.

Los gastos sanitarios no disminuirán a menos que reconozcamos la enormidad de nuestros hábitos adictivos y el sufrimiento personal que se esconde tras ellos. La insensibilidad generada por nuestro sistema adictivo es responsable de agravar las dolencias y enfermedades. En sus palabras: “La esperanza, la autoestima y la educación, son los factores más importantes en la creación diaria de salud.” Estos tres tópicos son altamente explorados en una clase de baile, yo diría que son la base de la clase.

 

Me considero afortunada por poder bailar, tener un espacio en la vida para que mi cuerpo pueda enseñar sus matices y expresarse sin barreras; y en el caso de nuestras clases con un vocabulario muy afín a los orígenes de la danza y de la vida.

Sobre la importancia de la intimidad y de la relación de uno mismo con su cuerpo, la doctora finaliza: “(…) Confiar en la sabiduría del cuerpo es un acto de fe en una cultura que no reconoce lo íntimamente conectados que están cuerpo y  mente (…)”

 

Cuando atravieso grandes tempestades y la marea crece imponiendo su majestuosidad… entonces recuerdo a mis ancestros, reverencio la tierra, dejo que las olas que me amedrentan penetren mi cuerpo. Aprendí que puedo ser las mismas olas que me asombran, ondulando mi cuerpo relativizo la vida, mi rigidez se ablanda y puedo bucear sin miedo. Soy agua, moldeable y transformable, sin amortiguar, rompe.

Cuanto más profundas son las olas en mi cuerpo más anclada estoy a la tierra. Éste es mi puerto seguro. Ojalá todas las mujeres del mundo descubran el movimiento orgánico de sus cuerpos y sus vientres, y puedan reverenciar a sus ancestros con la danza de la vida. Gracias a la vida por ponerme en este camino.

 

Patricia Passo