Nuestro cuerpo está moldeado por nuestras experiencias vividas, y al ir perdiendo la escucha somos moldeados socialmente, adiestrados, lapidados y castrados, pero no nos damos cuenta. En este proceso apático, cristalizamos sufrimientos y miedos, y aquello que fue en su día una herramienta de liberación y sabiduría hoy nos aprisiona. Nuestro cuerpo abriga la creencia universal de que alguien nos va a salvar, los mitos son alegorías del pasado que adormecen en nuestra biografía ancestral. ¡Necesitamos una técnica redonda en un mundo cuadrado! 

Fuente: Revista edanza Num. 53

Fotos: Javier Piqueras, Guilene Conte y Gabriel Cavalcanti


Llevo un tiempo observando el cuerpo como el resultado. Está claro que estamos en constante  movimiento y mutación, aunque nos movemos dentro de padrones muy semejantes.

Los últimos años de mi vida los he dedicado a impartir clases personalizadas, estableciendo así una relación muy íntima con el cuerpo de cada alumno; existen claras singularidades que hacen de mi oficio una labor desafiante y apasionante. Pero también contemplo las similitudes, formas de organizar la experiencia corporal muy semejante entre cuerpos distintos. Está claro que obedecemos a ciertos padrones sociales, por lo que existen comportamientos semejantes que condicionan al cuerpo. Tenemos una libertad que está delimitada en el tiempo y en el espacio, el hombre urbano contemporáneo construye  padrones comportamentales sólidos y contundentes. Escapar es tarea ardua, quizá imposible, teniendo en cuenta que nos configuramos de esta manera generación tras generación.

 

Nuestro cuerpo camina recto, se tuerce poco, simplifica los códigos gestuales, y está escasamente articulado. No me canso de observar las estatuillas antiguas, en ellas encontramos una cualidad extensa de ángulos y bordes corporales. A veces me dedico a observar y siento claramente la limitación del vocabulario corporal en la sociedad en que estamos insertos. Siempre me entusiasmo con los descubrimientos de los alumnos sobre su capacidad de movilidad pélvica en las clases iniciales del método OFD; es fantástico descubrir un mundo nuevo, más aun si este mundo es interno y siempre ha estado allí. Cuando el alumno se sorprendente con su propia capacidad es una expansión, su entusiasmo es contagioso, siempre termino la clase diciendo lo mismo: esto todavía no es la danza, es solo una nueva forma de moverse, bailas cuando estos círculos, torsiones y espirales son orgánicos, cuando descubres que puedes existir así, que caminar sin ondular  la cadera es una convención, no una regla inmutable.

Hace poco estaba dando clases a un grupo de especialización en flamenco oriental, estábamos escarbando en los orígenes del flamenco, como arqueólogos de la danza vamos descifrando antiguos códigos y formas corporales. Las inspiradoras lecturas y descripciones de las antiguas bailarinas gaditanas son extremadamente provocadoras; mencionan gestos catárticos, contorciones eróticas y sensuales, espasmos libidinosos…

Por citar ejemplos:

“El baile de la mujer era de “cintura para arribas decir, garbo en la figura, movimientos de cadera, giros y quiebres, braceos, juego de manos, muy breve apuntes de pies y mucha expresividad en la cara. Por contra, el baile del hombre era sobrio, de figura erguida y bien compuesta y se lucía “de cintura para abajo “con zapateados que eran auténticas filigranas musicales.”

 “….y empezó a ondular las caderas de un modo apenas perceptible, mientras los brazos, serpientes tentadoras, dibujaban en el aire graciosos arabescos, perezosas caricias, espasmos eróticos (…) acentuaba los arrestos y los desplantes e imprimiéndoles con las piernas y las caderas sacudidas y estremecimientos realmente carnales a las faldas de faralaes citan os y amplia cola, encogía y estiraba el cuerpo como elástico, echaba adelante el empeine con impúdico brío (….) aquel baile trasunto fiel de la voluptuosidad mora y del orgullo español, les envolvía en los antros más recónditos del alma los instintos obscuros, las levaduras extrañas de abandono  e imperios, de dolor y de placer, de vida y muerte, que fermenten en el fondo de todo erotismo (…) los quiebros de cintura, los golpes de cadera, los desplantes provocadores, los trenzados arabescos de los pies, el aleteo de las mano, arrancaban gritos delirantes en la sala del tablao.”, describe Carlos Reyles. 

 

“…una criatura que tiene brazos de andaluza, pies de gitana y cadera de negra…’, José Luis Navarro.

 

 “Hay que ver a una mujer hermosa como al compás de la música de este baile que parece compuesto de gemidos de dolor y gritos de alegría, se mueve y contonea en mil giros diversos, y cómo en sus airosos movimientos y expresivas posiciones encanta, arroba y embriaga, haciendo surgir fantásticos ensueños  de delicias. Ya extiende sus brazos ofreciéndolos como amorosa cuna, ya dulcemente los recoge como si a alguien abrazaran, ya sonriente y placentera inclina lánguidamente la cabeza y su tierna mirada parece ofrecer su mejilla, ya como arrepentida y ruborosa retira como avergonzada de la erótica expansión y como presa por amorosa fiebre torna con más provocativos movimientos y las deleitables ondulaciones y lánguidos cimbreos del cuerpo derramaba gracia y sentimiento que ya no solo atacan los sentidos sino que se apoderan del espíritu engolfándolo en sueños  que duran todavía cuando el baile ha acabado. Es un cuadro completo, una obra de arte.” (Nota publicada en el cronista 30 de abril de 1888).

 

Y sobre las precursoras del flamenco:

 

“Fue la primera bailaora que salió al escenario luciendo mantón de Manila y sería Jacinto Benavente quien le impondría el apelativo artístico por el que ya sería sobradamente conocida, pues se cuenta que éste exclamó al verla bailar: “¡Ésta mujer vale un imperio!” e igualmente escribiría en El Imparcial: “Es la escultura de una hoguera”. (Comentario antiguo de Jacinto Benavente).

Paso mucho tiempo pensando en cómo podría provocar estos cuerpos, tan erguidos, tan lineales, tan adiestrados y políticamente correctos. Cuán difícil es llevar el cuerpo a un lugar desconocido,  desmontarlo, recrearlo… creo que esto es uno de los mayores desafíos de la danza, organizar para poder destruir. Entonces propuse un juego, los ejercicios propuestos partían de una posición donde el torso se inclinaba hacia delante, de esta forma los glúteos se abrían y se podía sentir el espacio del coxis. Sí sensores ¡tenemos una cola! Veo a los bailarines buscando la expresividad salvaje de la danza flamenca en los gestos faciales, ¿por qué no buscar en la  sensación animalesca de moverse sintiendo la cola?

En esta clase por primera vez  vi los rostros de mis alumnas transformarse, había en aquel comando del coxis una consecuencia de la profunda relajación del maxilar, los cuellos se soltaron al llevar el torso un poco hacia delante, ya no se contraía demasiado el plexo solar, las caderas se hicieron notar, el flujo respiratorio ya liberado por la postura ruborizaba la piel, ¡era emocionante!

Estábamos en España y yo veía el toro, éramos una manada. La tauroctonía, tan presente en el mitraismo, donde el sacrificio del toro es un proceso iniciático, vivencial y de consciencia de los deseos individuales limitantes para poder trascender; se veía en aquellas mujeres de cola, que parecían pasar por un proceso iniciático de desconstrucción de su propio cuerpo-territorio-seguro.

La cuestión es que cuanto más estudio, más veo nuestras creencias limitantes, nuestros cuerpos obedientes, escondiendo su erotismo y su placer, con camadas de gordura,  enriqueciendo su movilidad articular, metiendo el sexo por dentro de las piernas, exprimiendo  las caderas y proyectando el torso y la cabeza hacia delante intentando esconder el pulso y el estado latente de deseo.

 

Sé que lo que nos llevó hasta aquí fue un largo periodo. Hojeo el libro de Marija Gimbutas y es un delirio, todo son curvas y volumen en el lenguaje de la diosa. Pero como no soy nada conformista, no creo que esto sea solo el pasado, que esto esté obsoleto, creo que esto es nuestra historia y génesis, que permanece latente en nuestros corazones y cuerpos, como la relación de madre e hijo. Sencillamente, nuestro cuerpo es un sinfín de posibilidades de formas pre humanas, lugares corporales que nos aproximan a la naturaleza, mejor dicho, a la fuente.

Estudiando la historia de las religiones sabemos que hay un gran marco y un cambio de óptica cuando nacen las primeras religiones monoteístas, aunque esto fue un desarrollo de las religiones politeístas, dicho cambio lleva al hombre hacia fuera de sí mismo, y puedo  decir que también hacia fuera de su propio cuerpo. En las religiones ancestrales, el religare (unirse) se hacía a través de un proceso de identificación e identidad: yo me identifico con una fuerza y reproduzco esta fuerza en mí, el cuerpo es el vehículo que  nos conduce a lo divino. Las formas corporales se asemejan a las formas de la naturaleza y  los animales; es un cuerpo versátil y andrógeno que investiga la creencia y el cosmos el propio cuerpo.

En el monoteísmo hay un salvador único, fuera de mí. El cuerpo sufre una tendencia a elevarse, a proyectase, a buscar fuera. Y así, sin darnos cuenta, nos fuimos alejando de nuestra versatilidad, de nuestra riqueza, pero sobre todo de nuestra experiencia corporal. Dejamos de percibir las huellas dejadas en nuestro cuerpo por nuestras propias acciones, precisamente porque perdimos este contacto comunicativo.

 

Está claro que aunque no seamos consciente, las experiencias vividas en el camino consolidan nuestro formato corpóreo, y aquí está el peligro; como no usamos mas esta capacidad como práctica de adoración fuimos perdiendo la escucha, somos moldeados socialmente, adiestrados, lapidados y castrados, pero no nos damos cuenta.

En este proceso apático, cristalizamos sufrimientos y miedos, y aquello que fue en su día una herramienta de liberación y sabiduría hoy nos aprisiona. Nuestro cuerpo abriga la creencia universal de que alguien nos va a salvar, los mitos son alegorías del pasado que adormecen en nuestra biografía ancestral. El resultado es mucha  medicina para combatir el dolor de la inercia, y la rigidez.

Cada día que pasa escucho cada vez más fuerte una voz interior gritando ¡necesitamos una técnica redonda en un mundo cuadrado!

 

Patricia Passo