Antropología del cuerpo y de la danza

 

Fuente: Revista edanza Nº 56

Fotos: Javier de Cos Lara

La inspiración del presente artículo viene de la observación que vengo haciendo de los cuerpos y sus sistemas de creencias.

Cuando una persona acude a una clase de baile en el fondo está acudiendo a un registro material de un sistema de creencias encarnado en un cuerpo.

Cuerpo es una palabra de difícil definición. Dependiendo de la cultura, del momento histórico y de las condiciones sociales, su percepción y definición cambian. Para nuestra cultura occidental moderna, que está ubicada en el cristianismo, el cuerpo es una entidad separada e inferior al alma. Este dualismo que separa el cuerpo del alma, lo visible de lo invisible, lo mortal de lo divino, lo natural de lo cultural, lo bueno de lo malo, es en última instancia una visión segregada y jerárquica que infravalora al cuerpo, negando que sea testigo de la existencia.

En la práctica, las creencias sociales están grabadas en nuestro propio cuerpo y definen nuestras relaciones. Esta es la visión que caracteriza la antropología cultural: donde el individuo es fruto de un contexto social e histórico, la cultura es actuante y perméa al cuerpo.

 

En mi experiencia docente, me provocaba inquietud observar las resistencias y “residuos” corporales que alejan al alumno de movilidades y profundidades perceptivas.

El alumno, que acude a las clases en busca de resultados, se enfrenta a sus propias barreras internas. Aturdido, desconoce que los obstáculos y barreras en la mayoría de los casos son suyos. Me pregunto si estas resistencias están relacionadas con nuestra forma de “pensar” nuestra propia existencia, más claramente hablando: ¿cuándo ocurrió la escisión cuerpo-mente? y ¿lo cuán esclavos somos de dicha ignorancia perceptiva?

En el trabajo de la pedagogía de la danza, puedo afirmar que el entendimiento, el proceso de racionalización de la explicación detallada, suaviza las rigideces corporales que dificultan el flujo de movimiento.

La costumbre social llevada a cabo por la mayoría de los que acuden a una clase de baile es que este es el espacio para mover el cuerpo, un lugar para que la mente descanse, y eso significa desconectar la mente del cuerpo.

Bailar sería mover solo el cuerpo.

Y aquí reside, según mi punto de vista, la mayor confusión.

El cuerpo no puede trabajarse de forma aislada. Esta división es social, es una condición histórico-cultural, es una forma de relacionarnos condicionada por un sistema de creencias.

Y no siempre ha sido así, es más, en la actualidad hay ejemplos de culturas que se relacionan con su condición humana de otra forma.

 

En otros enfoques culturales, como el oriental, cuerpo y alma son indivisibles, así como el Cosmos y el Hombre. El mismo proceso de individualización de la persona es social y marcado por las relaciones, formas de comportamiento y conductas.

Volviendo a nuestra historia, podemos decir que la creencia dual imperante hizo inferior al cuerpo y que en la edad media esta división se hizo más profunda. La demonización del cuerpo se hizo tan extrema que se llegó a exaltar la mortificación del cuerpo para que el hombre pudiese alcanzar el espirito.

Como diría el antropólogo Marcel Mauss “cosas que parecen naturales, son en verdad históricas”.

Como nos comenta el antropólogo y sociólogo David Le Breton, fue en el siglo XVII, en el Renacimiento que se empiezo a pintar retratos, hasta entonces la pintura se había dedicado a la expresión del cuerpo como un todo. Los retratos representan el lugar extremo de nuestra singularidad. El mundo occidental singulariza el rostro y lo separa del resto del cuerpo, de esta forma nuestra individualización se hace más presente, y nuestra identidad es descrita por trazos de la cara, mucho más que por las memorias del cuerpo.

La cuestión que pretendo abordar, es que la relación que hemos ido estableciendo con nuestro cuerpo

a lo largo de la historia, es un factor determinante para el entendiendo de este cuerpo en el presente. Puede que los procesos de no identificación de uno mismo con su cuerpo, sean fruto de una escisión histórico-social, apartando el individuo de su propria morada, el cuerpo.

Como define David Le Breton, ¡el cuerpo es un todo!

Si contemplaramos este cuerpo integral, entenderíamos que es imposible realizar una actividad separando las partes del concepto de uno mismo.

Esta pseudo fragmentación del individuo, genera mucho dolor y sufrimiento, porque la búsqueda por integrar las partes de nuestra propria existencia es esencial para la presencia.

La ausencia y las lagunas, las sensaciones de no pertenencia, son las angustias más comunes que recibo en mis sesiones de terapia corporal. Volver a habitar el cuerpo propio suele ser el gran deseo. Aunque fantasiado por el embruje del baile, el deseo es expresivo, sensitivo y experiencial. Todo esto solo es posible estando presente.

¿Qué ocurre cuando nos encontramos delante de la triste realidad de la escisión cuerpo-alma? Demonizo, ignoro al cuerpo, y este viene a ser él qué revela mi propria existencia.

 

Tenemos la posibilidad de reescribir nuestra historia, aunque sean cambios paulatinos.

Encontrar mi cuerpo total, conseguir el vínculo más sagrado de uno consigo mismo, y este es el sentido más amplo de la palabra religare: volver a conectar.

En los orígenes de las religiones, encontramos la íntima relación del hombre con la naturaleza, pero esto solo tenía sentido desde la perspectiva del hombre-cosmos, la harmonía y simetría natural del hombre con los elementos de la naturaleza, porque su cuerpo contenía todo. Esta era y a día de hoy y sigue siendo la gran arma de poder y empoderamiento: reconocer lo natural y divino dentro de uno mismo.

La búsqueda y práctica de la Danza Oriental desde esta óptica antropológica, recibe el hombre en su singularidad, los movimientos de esta práctica dancísticas son orgánicos y naturales para cualquier cuerpo. Trabaja moldeando el cuerpo de forma sutil, sus movimientos ondulantes conectan con nuestra génesis celular, además de una forma delicada pero activa, moviliza las partes sexuales del cuerpo, quizás las que más sufrieron los cambios sociales impuestos, así como los juegos de poder, devolviendo de forma gradual al cuerpo su esencia pulsatil.

Lo que para algunos puede parecer místico, trascendental, espiritual, es solo la experiencia del gozo y placer del cuerpo reconociendo su origen, integrando sus partes, disfrutando de la libertad de ser el cuerpo motor de las experiencias trascendentes.

Lo que queda claro es que mientras subyugamos nuestro cuerpo, seguiremos esclavas de creencias limitantes. Reconocer nuestra historia, así como el lugar donde estamos es fundamental, entender que este cuerpo-social es bombardeado constantemente por todo tipo de demonización es esclarecedor, amar el cuerpo, así como su historia, es la única vía posible.

Patricia Passo