Cuando iniciamos algo, vivenciamos la muerte, y tanto el maestro como el discípulo tienen que estar preparados para ello. Una parte de mi muere para que algo nazca. Cuando aprendemos a mover nuestros vientres con conciencia abandonamos padrones y estructuras corporales que provocaban desequilibrio y dolor pero que eran parte de la historia propia y que estaban allí sujetando algo.

 

Fotos: Aurea Fotógrafos

Fuente: Revista edanza Num. 58

 

Cada noche vieja renovamos las esperanzas para un año mejor, la mayoría de las veces no sabemos mejor en qué, así que simplemente pedimos, ávidos por algo que ni siquiera sabemos lo que es. La posibilidad de volver a empezar es el motor de nuestros deseos. En nuestras culturas tenemos fechas fijas para comenzar, nos movemos de acuerdo a un calendario lunar y, allí, depositamos todas nuestras esperanzas.

Porque en esta fecha está permitido soñar.

En esa noche una ola de positividad alumbra la tierra, nos despedimos de lo viejo y tenemos la oportunidad de empezar de nuevo. Normalmente nos invade un deseo enorme de compartir, de celebrar el nuevo comienzo con seres queridos; la fe inunda los corazones, el entusiasmo permea la velada. Sin darnos cuenta, postergamos o adelantamos nuestros proyectos personales en bases a fechas marcadas, quizás sea ésta una forma difusa e inocente de atribuir al propio tiempo la responsabilidad del cambio.

Quizá sea una forma difusa e inocente de atribuir al propio tiempo la responsabilidad del cambio… pero sea porque llevamos milenios haciendo esto de esta forma, sea porque la masa humana tiene poderes que trascienden nuestros limitados procesos racionales… ¡funciona!

En este día, renovamos lazos y estamos absolutamente abiertos y propensos a vivir una vida mejor. Nuestros ancestros de alguna manera sabían la importancia de los rituales de pasaje y por eso se mantuvieron aferrados a esta costumbre de dar paso a lo que viene por delante.

 

Para el prestigioso mitólogo Joseph Campbell el poder de los rituales de pasaje es uno de los grandes aprendizajes olvidados por nuestra civilización moderna y de ahí parte de nuestra dificultad y alejamiento de la sensación de plenitud y felicidad. Podríamos hacer una analogía del pensamiento de Campbell con el de Eduard Punset que consideraba la felicidad como la ausencia del miedo. El miedo más relevante en nuestra existencia y cada vez más latente en nuestra sociedad occidental es el miedo a la muerte.

Para Campbell, tenemos miedo a la muerte porque no aprendemos a morir a lo largo de la vida.En sus palabras: “el mejor antídoto para la muerte es el renacimiento”.

En una estructura de sociedad lineal, donde los valores son atribuidos a logros y vitorias, menospreciando el camino, los procesos y ritos, el hombre enferma y se adormece en busca de una performance discrepante y desarmónica con su propia naturaleza.

Cada posibilidad de celebración ritualística, aunque disfrazada y sombreada muchas veces por la maquina capitalista y consumista, es un ¡soplo de vida!, una brisa en un terreno existencial árido.

Campbell pasó largos años de su vida estudiando diversas comunidades y tribus primitivas de distintas partes del mundo en busca de una unidad que pernease todas las mitologías desarrolladas por ellas. Al cabo de muchos años desarrolló la teoría de monomito, o sea la existencia de una estructura padrón que se manifiesta en todas las historias mitológicas de todos los pueblos del mundo. Del mundo actual y ancestral.

Esa estructura es como un libro de instrucciones para el paso por la tierra; todas las estructuras míticas buscan un rescate del sentido de la vida humana.

Todos los héroes míticos vivencian la misma estructura procesual: separación, iniciación, retorno, compartir.

Los mitos serian una llamada de la psique para crecer, una necesidad de expansión que permite el gran salto. Dentro de esta perspectiva todas las vidas pasarían en un determinado momento por este estado incómodo de separación que antecedería a la búsqueda y a la iniciación.

Los mitos serían entonces pistas para potenciar la experiencia humana, un guía para que el proceso iniciático, que está lleno de incertidumbres, sea descifrado.

Siendo esta nuestra historia y este cúmulo de mitos e historias nuestro legado ¿cómo podemos vagar sueltos y sin rumbo? en esta sociedad de logros y éxitos, menospreciando nuestros procesos como si fuesen defectos de fabricación, ¿sin mérito alguno?

¡No aprendemos nada!!!!! Venimos a producir incesantemente hasta morir secos, miedosos y hambrientos. Y yo me pregunto: ¿dónde está el gozo?

¿Acaso hemos pensado en hacer un paralelo entre nuestra naturaleza sexual y orgásmica y los procesos de la vida? El acto sexual es un baile procesual donde pequeñas piezas van encajando hasta culminar en un el éxtasis. Sabemos que la máxima satisfacción ocurre a partir de un buen principio iniciático que revelara poco a poco la calidad de entrega y presencia que ampliarán la potencia orgásmica a medida que la capacidad integrativa se dé. Se necesita tiempo para gozar profundamente, ¿pero qué más da si tenemos toda la eternidad?

Si vamos en busca de resultados y performance fracasaremos en nuestro intento de gozo, la naturaleza ¿qué quería decirnos con eso?

¿Cuántos rituales fuimos perdiendo a lo largo de la historia? ¿Cuántos intentan resistir en nuestra sociedad?

Por ejemplo: ¿cuántas mujeres pudieron vivir la llegada de su primera regla de forma ritualística?

Cuando estuve en Bali, pude asistir a inúmeros rituales dado que, a lo largo del día dentro de las casas familiares, los balineses están constantemente produciendo adornos naturales para ritos y ofrendas cotidianas. Esta atmósfera de reverencia y preparación es vivida a diario y hace con que el proprio día esté cargado de relevancia. Hubo un ritual que me llamo especialmente la atención. Fue invitada a lo que sería el bautismo de un bebe de tres meses: llegando a la casa familiar, los numerosos adornos y ofrendas vislumbraban mis sentidos por su belleza, cuidado, sencillez y perfección. Allí, entre aquellos increíble adornos y ofrendas, la audiencia asistía emocionada como los pies del bebe decían hasta que tocase con sus dedos y poco a poco con todo sus pies en la tierra. Yo veía extasiada como aquel bebe iba cogiendo tierra!!!  Como al apoyar los pies en el suelo, sus piernas iban cogiendo fuerzas, sus pies automáticamente se modulaban como ventosas para agarrar aquella tierra que le daría suporte durante toda la existencia. Nosotros aplaudíamos aquel momento cargado de magia. Para los balineses este momento representa una reverencia a la madre tierra, se entrega la cría a la tierra, se incorpora al bebé al mundo. A partir de este momento el infante está preparado para buscar en la tierra la fuerza para erguirse todas las veces que le haga falta.

Cuando mi niña nació, quise reproducir este ritual de pasaje que tanto sentido tuvo para mí. Aunque sabía que lo haría, tuve dudas sobre si mis padres y mi familia participarían de aquello. Obviamente aquello era para mí el bautismo.

Entonces, cuando Ámbar cumplió tres meses, reuní a amigos y familiares en una finca, salimos en la tarde en busca de materiales orgánicos para producir ofrendas, bajamos al pie de un árbol, donde había enterado su placenta, y cantamos para ofrecer a la tierra mi Ámbar. Fue todo muy mágico, pero tan o más mágico que el momento en el que Ámbar tocó con los pies en el suelo, fue ver a todos aquellos que estaban allí completamente invadidos por la fuerza y la potencia del ritual. Jamás habría podido imaginar que todos los que allí estaban participarían de la ceremonia de aquella manera. Un soplo de esperanza inmundó mi corazón, el poder del rito resiste adormecido en nuestros corazones. Al fin y a cabo nuestra historia nos sujeta.

Un episodio semejante volvería a ocurrir en las mismas tierras balinesas cuando la visité  por primera vez con mi pareja: habíamos pasado la tarde en un templo acuático donde participando a un ritual de las aguas y volviendo en moto a casa tuvimos un accidente. Teníamos varias heridas en los brazos, piernas y espalda. Me intrigaba como se había dado la cosa y quise buscar a un curandero con el cual yo había estudiado en viajes anteriores. Llegando allí, este hizo con que mi pareja si colocase en una postura de cuadrupedia y a continuación le dijo que debería besar a la madre tierra. Luego nos miró fijamente y dijo “!hay que reverenciar a la madre tierra!”  Después de aquella visita, nuestras heridas se curaron rápidamente y lo que podía ser un complicado dolor de rodilla se disolvió.

¿Qué relación tendrá todo lo descrito hasta aquí con la danza? ¡Toda!

Si partimos de la premisa de que la experiencia no es lo que haces, si no cómo lo haces y que esta singularidad del hacer es tu maestría y tu camino, pregunto: ¿cuántas veces te planteaste la danza como un proceso iniciático? Si hay motivación, ¿qué te motiva a bailar todos los días? si no hay, ¿qué creencias limitan tu experiencia?

En las culturas orientales, la danza es una actividad ritualistica e iniciática. Es un camino de búsqueda, el desarrollo de un lenguaje metafísico que explica lo que carece de explicación racional. De esta manera, maestros y alumnos se reúnen para la celebración de un encuentro revelador. a cada encuentro somos conducidos por el sendero de la vida misma, y nuestro cuerpo, así como nuestros movimientos, revela nuestra existencia.

En las culturas ancestrales la danza era un elemento fundamental dentro del rito, quizá por promover movimiento, que está el origen de todo.

En los días actuales queremos bailar, pero tenemos pereza de una clase de iniciación, nos frustramos cuando estamos siendo iniciadas, porque queremos el final, la conquista, el ser sin el cuestionamiento de venir a ser.

Me entristece pensar que hacemos de algo mágico, algo penoso y trágico. Como si no pudiéramos iniciarnos en nada, sino solo cumplir, tener, saber, rendir, conquistar, estar apta. ¡Esta ecuación no sirve!

Iniciarse en algo es la vivencia estructural mítica, de salto evolutivo y expansión vital. Ese momento es fundamental para las próximas jornadas. Deberíamos tener un infinito aprecio por el momento de la iniciación, en lugar de sentir frustración debería ser una bendición. El frescor del proceso iniciático debería ser vivido con una profunda gratitud hacia la vida, porque este momento dejará huellas internas.

Me apena constatar que en nuestra cultura el proceso iniciativo está infravalorado, tanto por el iniciado como por el que se inicia. Cuantas veces escuché de alumnas: estoy impartiendo clases, pero son de iniciación… Como si para iniciar a alguien en algo no necesitáramos tener domino y destreza del saber, quitando la relevancia que el alumno de iniciación merece por estar allí, delante a ti, comenzando algo que cambia su vida. Profundo error social que viene dejando fuerte marcas negativas tanto en el ámbito de la docencia como en la frustración de procesos iniciativos confusos y difusos. Cuando iniciamos algo, vivenciamos la muerte, y tanto el maestro como el discípulo tienen que estar preparados para ello. Una parte de mi muere para que algo nazca. Cuando aprendemos a mover nuestros vientres con conciencia abandonamos padrones y estructuras corporales que provocaban desequilibrio y dolor pero que eran parte de la historia propia y que estaban allí sujetando algo. Los maestros deben buscar formas de restaurar la armonía corporal. Cuando, como maestras, facilitamos el acceso a movimientos corporales ancestrales, abrimos una gran caja de registros colectivos que dialogan con nuestro inconsciente. En este proceso de traer a la consciencia los procesos inconscientes debemos estar preparados para dar el soporte con la generosidad del mito que guía y trasforma.

“Hasta que no te hagas consciente de lo que llevas en tu inconsciente, éste último dirigirá tu vida y tú le llamarás destino”, esta celebre máxima de Carl Yung explica como el proceso iniciático puede ser determinante a lo largo de la vida de uno mismo, así que menospreciar su valía, quitándole importancia, dificulta el acceso a la luz: final único de todos los procesos iniciáticos.

 

Patricia Passo