Atrapados entre el pulso de vida y muerte, todos somos llamados a reinventarnos, no seremos los mismos porque no es posible ser los mismo en esta rueda de la vida, el moviendo recoloca todo a cada instante. El cuerpo del bailarín es como el bambú. Lo suficientemente flexible como para soportar los impactos, maleable para adaptarse a las intemperies. Y ¿no es exactamente esto lo que nos está exigiendo la vida ahora?

Fotos: Alfonso Bueno Gayo, Javier de Cos Lara y Gabriel Cavalcanti

Fuente: Edanza Nº60

 

En los últimos 20 días, hemos sido llamados a una especie de convocatoria de resiliencia, paciencia y auto cuidado. En un corto plazo de tiempo todo ha cambiado. Vivimos una realidad más cercana a películas de ciencia-ficción que a lo que llamábamos vida cotidiana. La imposición del estado de alarma y en consecuencia el confinamiento nos ha llevado a un mundo desconocido. El mundo de nuestras propias casas.

De repente el mundo interno paso a ser el externo. Hemos sido obligados a recolocarnos, sin podernos resistir al movimiento sísmico que ha agitado todos los equilibrios sin piedad. Y los miedos más profundos de la humanidad han aflorado: el miedo a la muerte y el miedo a sobrevivir. Puestos a prueba entre vida y muerte, dependiendo los unos de los otros, luchando contra lo invisible. Viendo incrédulos como el mundo para, obligados a descubrir nuevas formas de nutrirnos los unos a los otros, buscando soluciones para nuestro vacío existencial o enfrentándonos a ello.

 

Pero, todo esto ¿qué tienen que ver con la danza?

Todo. La danza en su ancestralidad nunca estuvo separada de la filosofía, la espiritualidad ni de la medicina. La danza caminó al lado de todos los principios de la creación del mundo, ya que se entendía que el movimiento, en armonía con el sonido en una esfera temporal, materializaba…

El hombre primitivo estudió la naturaleza a través del profundo contacto consigo mismo. La consciencia del cuerpo nunca estuvo separada de la cotidianidad, mucho menos de la expresividad, y todo ello conforma la existencia que, aunque fue en muchos momentos fragmentada para ser estudiada, se concretiza en la unidad.

 

La danza provoca bienestar porque une las partes de la existencia en un unísono movimiento. Lenguaje expresivo, corporal, que exige destreza y se materializa en pura gracia. 

 

Hay aquellos que buscan entretenimiento, otros placer, otros conocimiento, otros belleza, y aunque parezcan intereses diversos o dispares entre sí, en última análisis todos ellos buscan lo mismo: conectarse con el más natural estado de ser. Pulsar, sentir la vida.

Nosotras, las que hemos dedicado décadas de vida al estudio de las danzas ancestrales, seguramente encontramos registros que magnifican la existencia de la danza. Dediqué años de búsqueda intentando desvelar lo que se esconde detrás de los bellos movimientos dancísticos. Y ahora la vida brinda una oportunidad fantástica para poner la técnica y el conocimiento a prueba.

 

¿Cómo la danza puede ayudar a combatir una pandemia?

La danza es un lenguaje universal que trasciende barreras y fronteras y aunque cada etnia desarrolló una forma de vida acorde con sus especificidades geográficas y con la cultura que allí se desarrolló, existe claramente una necesidad universal que no ve diferencias. El hecho es que la danza ha pasado por guerras, pandemias y catástrofes, le hizo testigo de la historia, el hombre, pese a todo eso, nunca paró de bailar.

La danza, desde su aparición, fue vehículo de celebración, sociabilización, rito y catarsis. El lenguaje dancístico está presente cuando las palabras no son suficientes, cuando los deseos no son evidentes, cuando los sueños se hacen presentes. Y el momento presente nos ofrece una bellísima oportunidad de vivencia y experiencia del poder de la danza.

Según Carl Jung, todas las obras del hombre tienen su origen en la fantasía creadora. ¿Qué derecho tenemos entonces a la amortización de la imaginación?

 

Y aquí tenemos nuestro primer medicamento dancístico: la creación del mundo paralelo. Son muchos los relatos de alumnas que hablan de este mundo paralelo que somos capaces de crear cuando nos deleitamos con movimiento, consciencia y expresión. Nuestro cuerpo, que en general tenemos como factor identificador y muchas veces limitador, en algunos casos hasta cárcel, pasa a ser un portal de libertad al bailar. Pongo en marcha ideas de gestos, cualidades de movimiento que van modulando mi estado anímico.

 

Así lo explica Jung: “la separación de la psicología de las premisas de la biología es puramente artificial, porque la psique humana vive en unión indisoluble con el cuerpo.”

Es decir, existen una gran cantidad de datos relativos a la hora de analizar una patología y un gran misterio: la singularidad del cuerpo único y así mismo su imprevisible reacción que, a pesar de que se intente calcular, depende de factores subjetivos. Nuestra capacidad imaginativa, así como nuestros estados de ánimo son determinantes cuando hablamos de salud.

 

La optimización de los estados anímicos es la segunda píldora del tratamiento dancístico. Los movimientos ondulantes suelen calmar y acunar, las vibraciones y especialmente los movimientos rítmicos consecutivos elevan nuestra fuerza terrenal, las pantomimas gestuales recrean situaciones que sirven de desahogo para emociones y palabras contenidas, las figuras mitológicas y simbólicas dibujadas con el cuerpo en las danzas étnicas realizan procesos inconscientes de trasferencia que recuerdan al ejecutor de su naturaleza instintiva. Cuando nos acercamos a un vocabulario tan antiguo y percibimos sus efectos en nuestra vida actual, sentimos que estamos acompañados en esta existencia, no estamos solas, nunca lo estuvimos.

Este factor que incluye la comunidad, es la tercera píldora.

Percibir que podemos entrar en espacios desconocidos, compartir sensaciones semejantes, comunicarnos, nos permite sentir verdaderos vínculos y conexiones con seres en principio muy lejanos de nuestro entorno habitual. La creación de lazos que van apareciendo de forma espontánea y verdadera, que buscan únicamente compartir una experiencia ubicada absolutamente en el tiempo presente, y que no depende de ninguna premisa interior, abre el corazón. Un corazón que en nuestra sociedad moderna parece estar absolutamente cerrado frente a un público desconocido. De repente nos permitimos sentir el grupo y formamos comunidades de personas, tribus. Un espacio abierto a transitar, sentir y sobre todo a trabajar la presencia sin ninguna pretensión.

Casi sin darnos cuenta estamos trabajando nuestra verdadera casa, nuestro cuerpo.

Danzar es buscar la verdad del movimiento interno.

Despejar la casa interna es salud.

La danza nos hace conocer al propio cuerpo y cuidarlo ya que pasa a ser nuestra herramienta expresiva. En la Danza Oriental se busca la máxima potencia en minúsculos movimientos para realizar una determinada acción, partir de una exacta colocación central sin exceso contráctil y eso implica tener una gran amplitud articular y aprender a espiralar nuestra musculatura. Este trabajo amplía los espacios corporales internos, desbloqueando las vías, canales o nadis corporales, premisa básica de la Medicina Oriental. Buscar el mínimo movimiento exige consciencia y concentración, dos grandes aliadas para soportar situaciones límites manteniendo la estabilidad.

 

Y por último, no puedo no resaltar la flexibilidad característica de la danza.

Al bailar extendemos gestos, buscamos formas que en sus orígenes estaban conectadas con la diversidad de la naturaleza. Al ampliar el espectro de movimientos corporales, ampliamos nuestra capacidad móvil desde el centro hacia las extremidades. Los movimientos dancísticos cargados de componentes emocionales parten del centro a las extremidades, integrando la caja torácica y la cintura pélvica a las acciones totales. Movernos de esta manera, flexibiliza el cuerpo. El cuerpo del bailarín es como el bambú. Lo suficientemente flexible como para soportar los impactos, maleable para adaptarse a las intemperies. Y ¿no es exactamente esto lo que nos está exigiendo la vida ahora?

Atrapados entre el pulso de vida y muerte, todos somos llamados a reinventarnos, no seremos los mismos porque no es posible ser los mismo en esta rueda de la vida, el moviendo recoloca todo a cada instante. Ahora más que nunca necesitamos usar nuestra capacidad imaginativa para acceder al mundo de las ideas y materializar un mundo diferente. Un mundo más solidario, consciente, saludable, integrador, generoso… necesitamos promover internamente estados anímicos favorable y compatibles con estas características. Y será posible el cambio si lo realizamos juntos, porque si algo quedó demostrado en esta situación actual es que la individualidad no sujeta la existencia. Desde nuestro hogar, desde nuestra intimidad, hay mucho trabajo interno por hacer. Debemos estar disponibles al cambio, flexibilizar nuestras estructuras para que no se rompa delante de nuestros ojos. Seamos bambú, juntos construiremos la nueva casa. ¡Bailemos!

 

«El baile es una de las formas más perfectas de comunicación con la inteligencia infinita”

Paulo Coelho

 

Patricia Passo