Fuente: Revista eDanza Num. 35

Las mujeres de hoy son en esencia las mujeres de ayer, el desarrollo de nuestra historia es uno. Traer luz para nuestro camino, conocer nuestro cuerpo, y permitir que lo simbólico fluya a través de nosotras sin retener el curso del rio. Danzar en una comunidad donde seamos libres, reconociendo las diferencias y conectadas por la unidad, este es el verdadero propósito desde los inicios hasta la actualidad.

La historia de la danza oriental está envuelta de una atmósfera de misticismo y erotismo que fascinó al hombre a lo largo de la historia. El misterio de la vida plasmado en movimientos, el ritual de la procreación, el contacto con nuestra sexualidad, el hilo tenue que separa y permea el masculino y el femenino en un auténtico baile sacro profano. Estas temáticas son polémicas, principalmente en una sociedad de carácter dominante, donde la distinción sexual se distanció de su principio de asociación complementaria hacia un modelo de mayor disputa y poder.  Para entender la danza oriental debemos sacarnos la venda de los ojos que nos separa, nos discrimina, y establece diferenciaciones que nos distancian de su origen más ancestral y natural.

La observación de la naturaleza, con sus ciclos y su vitalidad imperante, fue y será siempre la fuente primordial de la creación de la danza. Bajo esta premisa, se hace necesario entender que  la danza de ondulaciones y serpenteantes formas no nació como objeto de seducción, ni como herramienta de empoderamiento, dado que no es necesario hablar de poder cuando hablamos de la naturaleza de las cosas en sí mismas.  En este lugar de lo genuinamente natural no existen barreras, fronteras, ni pertenencias, es el legado de la humanidad.

De esta forma, aunque que la danza oriental gana en matices característicos de una región, su origen antecede estas calificaciones, es el misterio de la vida y de la muerte plasmando en movimiento. El misterioso lugar de concepción que fascinó desde sus inicios, ondular el vientre era buscar la respuesta a las incertidumbres de la vida, nuestro oráculo corporal. Un contacto más directo con la profundidad de nuestra existencia.

Si observamos nuestra estructura corporal, podemos percibir que la naturaleza de nuestro vientre es moldeable y cambiante, está contorneando a la vez que siendo recibido por una estructura ósea curvilínea que le abraza y acuna, como una gran madre a un niño. El vientre rellena nuestro cuenco, su centro está marcado por un agujero misterioso que se adentra en la superficie corporal hasta llegar a una concavidad sagrada, el sacro, confirmando su función. A partir del punto redondo central podemos estructurar y edificar nuestro cuerpo, esta metáfora corporal puede que haga alusión al mismo principio de la creación.

Las infinitas posibilidades de movimientos en esta región despertaron en el hombre la curiosidad creativa, la experimentación del cuerpo como un espejo de la creación colectiva, reconociéndose como partículas de la totalidad. De esta forma, sin pretensiones artísticas y desde el lugar de la experimentación, los movimientos ondulantes del vientre se convirtieron en sabiduría milenaria.

La historia siguió su rumbo. Tanto la danza como el arte seguían al margen descifrando las ideas que percibían en el aire, captando lo intangible, una conexión directa con la sensibilidad de  los estados procesuales del desarrollo humano.

 

El apogeo de la danza oriental se produjo cuando la historia necesitó un aporte más activo y contundente.

En mis tiempos de estudiante universitaria discutíamos sobre esta temática en la clase de interpretación, los procesos de creación de personajes eran muchas veces muy sufridos, trabajábamos técnicas que nos dejaban en un estado emocional exhaustivo, al límite de la catarsis…Desde este lugar salían verdaderas perlas, auténticas joyas creativas. Aquello mi intrigaba tanto como me preocupaba, ¿tendré que estar siempre en el límite para entrar en contacto con este lugar donde mi emoción fluye como las cataratas del Iguazú?

El hecho es que ya en las clases de historia estudiábamos la importancia del medievo para la historia del arte, jamás olvidé las palabras de aquellas clases: fue en el medievo, conocido como el “período oscuro” donde se dio un paso enorme en la profesionalización del oficio artístico. ¡Sí! Parece ser que cuando estamos al borde de la locura florece el arte; de la misma manera ocurre con la flor de loto, que aun nacida en el fango traspasa la belleza, ya los yoguis sabiamente la asociaron a la fuente de la sabiduría. Lo que conforta es saber que pese a todas las desgracias humanas el arte siempre estará allí, en la sombra de la historia, trayéndonos un rayo de luz.

 

Volviendo a nuestra historia… en el ápice del comercio de esclavas se establecieron los famosos harénes.

El fenómeno del harén oriental es relevante por el hecho de que en él vivían muchísimas mujeres de diferente origen, lo que ya de por si proporciona un excelente caldo de cultivo para que las formas de comunicación ganasen en creatividad y desarrollo. Además, su oficio consistía en proporcionar placer mediante la interpretación de las artes y el juego de la seducción. Y en este caso, la danza tenía un papel muy importante.

La palabra harén en español proviene del francés “harem”, la cual a su vez deriva de arim, “mujeres” en la lengua árabe clásica. Su significado literal es “lo vedado”. Los harenes eran pues lugares reservados a las mujeres, que en la Edad Media eran consideradas pertenencias, símbolos de poder y riqueza. También se ha defendido la idea de que harén proviene de “harim”, el santuario de la Meca en el cual está prohibido matar a hombres o animales durante la época de peregrinación. También vinculado a la peregrinación está el término “haram”, que se refiere a las ropas que los peregrinos se quitaban para realizar una procesión que se realiza al desnudo, ya que las prendas en este caso simbolizan los pecados.[1]

En el Antiguo Egipto “la institución del harén real aparece, desde los primeros momentos de la época histórica, a la vez que la administración real (…) las neferut, las Bellezas vivas de Palacio, cuyos cantos, bailes y comportamiento estaban destinados a distraer a Su Majestad.” [2]

[1] “Fusión. El Universo que Danza”, Patricia Passo (2011:52-54)

[2] Christiane Desroches Noblecourt (1999: 73)

 

Estas comunidades de mujeres eran instruidas para el entretenimiento y el placer, por lo que debían conocer el arte y sus deleites.  Conformado por mujeres de distintas etnias, estos grupos fomentaban increíblemente  la miscegenación de razas, así como la convivencia y  la comunicación entre pueblos.

Es en estos momentos donde la danza oriental adentra aún más en el universo de lo simbólico, es utilizada para comunicar aquello que no podía ser dicho, permitiendo que de la opresión florezca aún más el arte.

Como nos cuenta Fatema Mernissi, “El haram era el santuario y al mismo tiempo la casa donde vivían sus mujeres y sus hijos, un espacio prohibido a los demás”[1]. Cada mujer de cada región, con sus diferentes facetas, con sus características y peculiaridades, enriquecían el movimiento pélvico con un amplio vocabulario gestual, pantomimas, contorsiones, virtuosismo, superación de limitaciones corporales, inspiraciones genuinas, una conexión entre el cuerpo y el cosmos libre de barreras, dado que ya existían las barreras concretas, las de las edificaciones palaciegas.

 

La danza adentró en la psique humana y materializó los arquetipos sociales. Aquellas mujeres esclavas se permitían ser absolutamente libres en sus procesos creativos, dando lugar a un lenguaje que fue utilizado para enaltecer el feminismo, exhalar la belleza, y a su vez como forma de supervivencia. Podemos concluir así que  la  danza  oriental posee  un  carácter híbrido, fue fusionada desde sus inicios,  permitiendo que adentrase por su arte las distintas facetas del feminismo.

Precisamente en el ápice de la represión es cuando florece un vocabulario auto expresivo femenino compuesto por  las características genuinas del movimiento pélvico, representativas del principio ancestral de la danza de diferentes pueblos y etnias orientales. Sin darse cuenta, aquellas mujeres resignificaron la opresión, ampliaron las posibilidades dancísticas y fueron las creadoras de un lenguaje que, a pesar de sus peculiaridades y riqueza gestual, era el lenguaje cíclico de la propia naturaleza, motivo por el cual no encontró resistencia para que todas hablasen a través de la danza una misma lengua.

[1] Fatema Mernissi (2004:115).

¿Y qué pasa hoy? Somos mujeres libres en la  búsqueda de nuestra comunidad de mujeres. Podemos ir y venir, pero echamos de menos estar en grupo, focalizarnos en un propósito mediante un contacto directo y profundo con nuestras emociones.

Es bastante curiosa esta temática. En los más de 20 años que llevo de docencia he escuchado innumerables veces la importancia que ha tenido el grupo de danza y la Escuela para la vida personal de mis alumnas. El sentir que pertenecen a una tribu y que encuentran un lenguaje profundo del alma, como es el de la danza con el otro, ha sido revelador para estos seres en sus vidas y caminos.  Cómo la práctica regular de la danza en grupo les ha traído una cualidad de presencia distinta en las relaciones humanas en su totalidad, dentro y  fuera de sus grupos. Es decir, que el hecho de compartir no solo es importante entre quienes lo hacen, sino que también mejora la relación entre todos los seres humanos. Como diría Rav Berg, maestro kabalistico, compartir es nuestro propósito.  Aunque hoy en día tengamos tanto acceso a la información, el calor de los corazones humanos es irreemplazable.

 

En la labor de la danza oriental trabajamos con grupos de mujeres, y éste es un gran reto debido a que la comparación entre semejantes es algo inherente a la naturaleza. ¿Cómo saltar esta barrera que se crea cuando la mera observación del semejante se adentra por la competitividad imperante en nuestra sociedad actual?  Si conseguimos acceder al movimiento genuino pélvico en su profundidad conectaremos con lo primordial de la creación, y allí solo estamos el yo y el cosmos, no hay necesidad de poder. De esta forma, después de entender esta técnica en su profundidad podemos jugar con las distintas facetas femeninas, reconociendo que detrás de las aparentes diferencias existe la unidad.

Las mujeres de hoy son en esencia las mujeres de ayer, el desarrollo de nuestra historia es uno. Traer luz para nuestro camino, conocer nuestro cuerpo, y permitir que lo simbólico fluya a través de nosotras sin retener el curso del rio, son contenidos de nuestras clases.

La mujer actual, libre de ir y venir, se siente presa en el rascacielos, atormentada por los ruidos opresores de las grandes ciudades y los roles sociales, cada vez más lejos del silencio libertario de su cuerpo. Para encontrar este femenino natural, libertador y juguetón, muchas veces es necesario lanzarse de los rascacielos al vacío, con miedo a la muerte y a la incertidumbre. Este proceso es divino y revelador, nada me da más placer que ver a una mujer lanzarse por las escaleras de sí misma, rescatando lo natural y la libertad lúdica de ser una misma en sus innumerables facetas. Esta necesidad es tan imperante en los tiempos actuales que estamos viviendo un momento extremadamente creativo de la danza oriental y sus estilos, una ola de fusiones salpica en búsqueda de un encuentro con nosotras mismas. Aumenta así la necesidad de encontrar una actividad que otorgue sentido a la vida y sea vehículo de autoexpresión, fomentando la libertad de un femenino saturado de opresiones y supresiones impuestas a lo largo de nuestra historia.

¡Me emociona ver tanta libertad autoexpresiva! Solo deseo enormemente que seamos capaces de ver y reconocer lo que existe por detrás de cada forma dancística, que no nos deslumbremos con los roles y los arquetipos, que recordemos siempre que ellos son la indumentaria, no el cuerpo. Éste permanece igual a lo largo de los ciclos, acumulando tu historia personal y la historia universal, un mapa de tu existencia. Jugar con tu vientre será siempre una posibilidad de volver a casa, de reencontrarte. Danzar en una comunidad donde seamos libres, reconociendo las diferencias y conectadas por la unidad, este es el verdadero propósito desde los inicios hasta la actualidad.

Patricia Passo

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